
"Las chicas solo quieren algo de diversión" dice Madonna en el single "Girls Gone Wild" y, con un paquete de frases trilladas, arranca su disco número 12. A primera vista, la manifestadora más grande del pop -devenida cineasta y madre divorciada de cuatro criaturas- parece no tener nada nuevo que decir. Y lo replica en lo musical: no suena diferente de cualquier tema electro-dance de hoy. Pero el sinsabor termina con el tema siguiente, el violento "Gang Bang", cuando aparece un beat minimal techno y un personaje desquiciado que acaba de matar a su ex. Parece el regreso de Dita -su álter ego dominatrix de Erotica (1992)- y funciona como el primero de varios agentes desconcertantes en MDNA. Entre la búsqueda despreocupada de la canción bailable y un intento de infundir actualidad en sonidos ya explorados, Madge trabajó por un lado con William Orbit -con quien armó el introspectivo new age Ray of Light (1998)- y por el otro con los pisteros Martin Solveig y Benny Benassi. Pasa bailando del escapismo ("Turn Up the Radio") a la confrontación ("Some Girls"), se pone robótica ("I'm Addicted"), banal ("Give Me All Your Luvin'"), infantil ("B-Day Song"), confesional ("I Don't Give A"), autocrítica ("I Fucked Up") y, finalmente, madura ("Falling Free", su mejor balada en mucho tiempo). MDNA es más que el juego de palabras con mdma: es el ADN de la intransferible experiencia de ser Madonna y, con algunos momentos geniales y otros no tanto, arma un buen rompecabezas de esta mujer complicada y fascinante.
Por Gabriel Orqueda
