
"Creo que mi aporte como letrista es que, sobre la base de descripción urbana que Javier Martínez hizo con Manal, a ese paisaje le pongo muñecos que caminan, que sufren, que ríen. 'Mataderos blues' no es la descripción del barrio como lo fue 'Avellaneda blues', sino que es un tipo que está sentado en un bodegón y tiene un interlocutor que le dice un piropo a una chica que trabaja en la fábrica. Ahí aparecen los personajes, los muñecotes." Esto le contaba Adrián Otero a Sergio Marchi en un dossier sobre blues que Rolling Stone publicó en 1998. Allí, Otero - que se autoproclamaba como el creador e ideólogo del blues porteño- explicaba el modo en que Memphis La Blusera, el grupo donde construyó su carrera como letrista y cantante, se había apropiado de un género musical y, en un gesto de antropofagia cultural, lo había deglutido y procesado junto a ese aura tanguera intrínseca a Buenos Aires.
Entre la fundación de Memphis (debutaron en el sótano del club Unione e Benevolenza en 1978) y la edición de Nunca tuve tanto blues (1994), Otero construyó una obra cancionísitica propia, basada en un imaginario barrial ("Mataderos blues", "Sopa de letras") y proletario ("El estibador", "Blues de las 6 y 30"), en la alienación urbana ("Decime cuándo", "La colmena"), en los excesos ("Gin y cerveza", "Pálido y duro"). Pero, sobre todo, en algunos himnos a la porteñidad como el clásico "Moscato, pizza y fainá", una aguafuerte de los tiempos en que la calle Corrientes todavía no dormía y los cines de Lavalle eran la salida obligada de un sábado a la noche, con guiños existencialistas ("perdidos, en la multitud, no somos nadie.") y el retrato del regreso a la emblemática pizzería La Universal, de Floresta.
El primer ascenso de Memphis al mainstream llegó en un frío fin de semana de mayo de 1992. Para el grupo ya se había hecho habitual llenar Cemento varias noches al mes, pero durante tres veladas inolvidables, compartieron cartel y el escenario del teatro Gran Rex con dos leyendas del blues global: Taj Mahal y Albert King. El gran B.B. King había tocado en el Luna Park a fines del año anterior, pero fue con este recital que comenzó, realmente, una oleada de visitas bluseras que, durante varios años, honraron la cartelera porteña. En ese contexto de revival del blues, con la llegada de, entre otros, Buddy Guy, James Cotton, Albert Collins, Hubert Sumlin, Robert Cray, Koko Taylor y Lefty Dizz, entre muchísimos otros, La Blusera emergió junto Durazno de Gala -el grupo de Miguel Botafogo-, La Mississippi -comandada por Ricardo Tapia, y con el armonicista Luis Robinson y el tecladista Juanjo Hermida en niveles superlativos- y el regreso de Pappo's Blues, con el éxito desmesurado de Blues local, como un grupo referente y decano de la escena.
El camino que a fines de los 70 emprendió Otero junto a sus compañeros (el Ruso Beiserman, bajista y director musical; Emilio Villanueva, "el saxo de La Paternal") no fue sencillo. Por ese entonces, se juntaban a escuchar viejos discos que los bluseros negros habían grabado en los 60 en Londres (Muddy Waters, Howlin' Wolf) y también, claro, a Eric Clapton y los Rolling Stones. Cuando tocaron en el festival B.A.Rock de 1982, los echaron del escenario con los mismos naranjazos que Daniel Melero sufrió al frente de Los Encargados. El hippismo de ese momento no cuajaba con la elegancia de los trajes con los que esos pibes de Floresta intentaban emular a sus ídolos de Chicago.
Sin embargo, fue en la segunda mitad de los 80 que La Blusera comenzó a construir una mística barrial que catapultó al grupo a una trinidad "del palo" compartida junto a Sumo y los Redondos. Y que, de alguna manera, ofició de puente entre el blues seminal de Manal a principios de los 70 y el rock barrial de La Renga y Viejas Locas en los 90.
La interpretación de Otero (que en los últimos años prestó su voz para grabar jingles publicitarios) se basaba en un estilo pasional y aguardentoso deudor tanto de John Lee Hooker como del Polaco Goyeneche, producto de una sinuosa relación con el alcohol que le costó diversas internaciones, y una crisis que a fines de 1993 lo puso al borde de la muerte. En ese momento, dijo, largó todo: "no quiero ser remera", declaró. Y a partir de allí, y de la grabación de un disco en el teatro Gran Rex a mediados de 1994, La Blusera dio el gran salto. A cuestas de la balada "Montón de nada", y de los clásicos que el grupo había construído en la década anterior("La bifurcada", inspirada en el tango "A la luz del candil"; "Moscato, pizza y fainá", "Locura" y un popurrí de boogie-woogies como "Boogie mamá" y "Perro llorón"), la voz de Otero y la música de Memphis treparon en los rankings de las radios de fórmula, fueron cortina de Videomatch y alternaron conciertos en estadios y teatros con performances en fiestas de 15.
El derrotero del grupo a partir de allí fue sinuoso. Grabaron un disco junto a la Orquesta Sinfónica Nacional en el Teatro Colón, e ilustraron un clip con los dibijos del Mono Mario. Intentaron amplificar su sonido con soul y funk ("Angelitos culones"), pero se desdibujaron como banda. En 2008, Otero se abrió del grupo y editó Imán , su primer disco como solista. A los 53 años, se preparaba para lanzar un disco de versiones de blues local como "Juntos a la par" y "Blues local", de Pappo, "Me gustas mucho", de Viejas Locas y "Café Madrid", de La Mississippi. Algunas grabaciones se pueden chequear en Youtube y aunque su legado más importante para el el rock argentino sea su poesía costumbrista, y la construcción del blues porteño y su imaginario, esas risotadas y esa melodiosidad etílica también se ganaron un lugar en el panteón de la música popular argentina.
Por Humphrey Inzillo / Ilustración de Mauro Cascioli
