
Preguntarse cuándo empezó a suceder es meterse una vez más en una típica situación huevo-gallina pero, aún así, la aparición de YouTube en 2005 puede ser tomada como una fecha fundacional: el punto de partida para esa manía de registrarlo todo, sea en HD o con la ultrapixelada calidad de un celular con cámara VGA. La popularidad de otras redes sociales como Facebook, Twitter y Foursquare no hizo más que alimentar a la bestia, y todo se fue de las manos. Ya no es suficiente con ir a un show y vivirlo: también hay que contarlo, demostrarlo y registrarlo.
"Está prohibido ingresar con cámaras fotográficas y/o equipos de filmación". ¿Suena viejo, no? Hoy sólo basta con ir a un concierto -del estilo que sea y en cualquier lugar- para comprobarlo: la experiencia del vivo mutó por completo, y el disfrute no sólo pasa por estar, sino también por registrarlo, y ayudar a la memoria (cerebral) con la memoria (digital). El que está atrás y no ve nada poco importa, así como tampoco interesa si al artista le molestan los flashes justo en el momento más íntimo del concierto. Ante esta realidad, surgen dos cuestiones: por un lado, la desvalorización de la experiencia en vivo y, en paralelo, la degradación del recuerdo tal como se conocía.
La filmación casera muchas veces sirve como testimonio de una situación, como en el siguiente ejemplo:
Pero la mayoría de las veces -aceptémoslo- se parece bastante más a esto:
Que las redes sociales tienen el poder de alienar -es decir, de desposeer a los individuos de su propia personalidad- no es novedad. Y la experiencia de vivir el show en tiempos 2.0 implica la paradoja de ir a un recital para mirarlo por la pantalla gran parte del tiempo, o contar por Twitter qué está pasando. ¿Sirve? Y si es así, ¿a quién? ¿Es mejor disfrutar de un concierto al 100% o es preferible abandonarlo en parte para luego volver a verlo (si es que eso ocurre) en forma de bits? En épocas de sobreoferta de recitales hay quienes dicen que las grabaciones y fotos son útiles para después compartirlas con aquellos que no pudieron ir, o para revivir el momento de alguna manera. Como si fuera el recuerdo de un encuentro con un amigo o un familiar, la foto oficia como disparador de un momento que, parece, ya no alcanza para tener entidad por sí mismo.
Por Leonardo Ferri
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