

Un buen día, un punk escupido se repantigaba en su océano de gargajo pensando en componerle una canción a la autoridad, luego de perder una disputa por un Topolín abandonado en aguas neutrales con un colega que esgrimió el inobjetable argumento "mi papá es policía". Le gustó el vocablo "yuta" para dirigirse al objeto de su encono, le pareció misterioso y musical, y a partir de allí se dispuso a buscarle rimas. "Ruta" no, porque era punk, no Javier Calamaro. "Luta" o "duta" quedaron automáticamente descartados por no querer decir una goma, al igual que "suta" y "cuta". "Tuta" era plagio de los Decadentes, que todavía no existían pero igual por las dudas. Hasta que la ficha de la sabiduría le cayó redondita en la ranura de la creatividad y le dio 1UP a su destino: "puta". La yuta es puta, o hija de: demoledor. Y después pegó "gorra" con "forra" e hizo hi five consigo mismo, para luego dirigirse a la nevera y preparse un Campari celebratorio. Pero la semilla ya estaba plantada: la relación entre la policía y el rock quedaría eternamente condicionada por una rima de mierda.
Acá no hay medias tintas: si uno quiere estar en el palo del rock, debe aborrecer a la cana. Las razones detrás de este histórico odio son, a grandes rasgos, las siguientes cuatro.
1) Como rockeros, nos irrita sobremanera que la policía defienda a los ladrones de guante blanco y no a los laburantes como nosotros, que nos rompemos el lomo encarando proezas como la de regrabar completamente nuestro primer disco para vendérselo a precio dólar blue a nuestros abnegados fans cual Stacy Malibú con sombrero nuevo.
2) No podemos evitar que nos hierva la sangre al ver como esos desalmados maltratan a nuestros seguidores en las inmediaciones de nuestros shows, generando de esa forma que queden de mal humor y protesten cuando nosotros arrancamos el concierto tres horas tarde y con un pedo tísico que no sólo nos impide cantar o tocar, sino también recordar para qué estábamos ahí o controlar esfínteres.
3) También tenemos diferencias conceptuales: no podemos creer que alguien resigne la potestad de pensar por sí mismo y no sea libre de tomar sus propias decisiones, concepto que incorporamos hojeando un libro de Schopenhauer que le ordenamos ir a comprar a nuestro asistente un martes a las tres de la mañana porque se nos cantó el orto, y cuyas páginas al final usamos para la noble tarea de contener cilíndricamente cierta plantita picada.
4) Por último, está el pánico que nos hacen pasar cada vez que nos revisan en aeropuertos y rutas buscando drogas, con el consiguiente riesgo de que un día no encuentren nada y la imagen de faloperos descontrolados sobre la que cimentamos nuestra carrera se vaya al tacho. Ni hablar de si llegan a vernos la credencial del club de golf y echar a correr el rumor: eso ya sería abuso de autoridad.
Por todo esto, no hay mucho que agregar: a la yuta se la odia y se la rima mucho con puta, tanto como noche con coche o -si somos Estelares- souvenir con souvenir. Salvo, por supuesto, que el poder judicial la ponga al servicio de un dispositivo para confiscar copias piratas de nuestros discos: ahí les otorgamos mentalmente el rango de jedis pijudos. Lo mismo si un día se nos antoja ir al cine y se nos vienen al humo seis o siete nenes de doce años desaforados a pedirnos una foto: al grito de "policía, policía" le exigiremos al oficial que disperse la turba a como dé lugar, y si lo hace, lo querremos mucho. La integridad ante todo.

Autor: Diego Mancusi
