

Si el rock quiere mantener su eterno status de movimiento joven, fresco, actualizado y vanguardista, no tiene otra alternativa más que renegar no sólo de las tradiciones y las costumbres sociales, sino también de las que él mismo supo erigir a lo largo de su historia. Pensémoslo de esta manera: tras grabar tu disco, el lógico siguiente paso es hacerle un arte de tapa. Entonces contratás a un diseñador, le pasás unas ideas, esperás tres meses a que aterrice en su cerebro el pajarito mágico de la inspiración, él te tira 28 bocetos, vos elegís tres pero a él le gustaba otro que vos no elegiste, se van a las piñas, ganás vos porque el chabón es diseñador y cómo no le vas a ganar un mano a mano a un diseñador, se arreglan, se ponen de acuerdo, te cobra no menos de veinte lucas, mandás a fabricar tu disco con la portada que te hizo el ñato y por último, tras todo este proceso, 534 adolescentes de los alrededores de Carapachay (o sea: el 75% de tu público) se lo bajan de un Mediafire en 64 kbps y lo escuchan desde un pendrive. O sea: al remil pedo todo. Por eso, un consejo rockstar de movida: adaptate a los tiempos que corren y date cuenta de que la posta es el método Beatles, que por algo eran los más pulentas del mundo. Esto es: ponés de tapa un papel en blanco, fruteás que es un concepto que te inspiró Duchamp y usás las 20 lucas para convencer a Graciela Borges de que te haga un lapdance. Y todos putos menos vos.
No obstante, hay quienes siguen insistiendo con la pavada del arte de tapa. Por eso, procedemos aquí a enlistar cinco categorías en las que podemos enmarcar las diferentes portadas, a efectos de que encauces sin inconvenientes tu inquietud en alguna de ellas y venzas al fantasma de la hoja en blanco sin gastar tarasca que podés usar para cosas más útiles. Sabemos que toda clasificación es facilista, y -una vez más- por eso la hacemos, así que aquí vamos.
Ególatra: el rockstar de turno considera que cada uno de sus discos es el sucedáneo copado de su perfil de LinkedIn y no concibe la idea de no ver su carota al frente de uno de ellos, so riesgo de que las chichis no le pesquen las facciones desde lejos y terminen fornicándose a su bajista por error.
Abstracta: muy popular en gente que gusta de enfaloparse, las portadas etéreas tienen la ventaja de hacer pasar desapercibido tu lanzamiento de fruta entre la intelligentzia snobera, siempre ávida de encontrarle un simbolismo freudiano hasta a la pelotudez más abyecta.
Ególatra abstracta: combinación de las dos anteriores, el rockstar siente el irrefrenable deseo de estar en la portada pero quiere que le pongan un efectito que lo vuelva misterioso e inalcanzable. Lógicamente, el fin ulterior sigue siendo la concreción de abundantes relaciones sexuales, en este caso masajeando la libido de flaquitas pálidas fanáticas de Instagram.
Literal: para gente que va al grano y no anda perdiendo tiempo en esa boludez de la abstracción creativa. Los diseñadores que gustan de estas tapas son crudos y directos: le das para hacer una tapa de Calamaro y te ponen un molusco macho. Les das una de Las Pastillas del Abuelo y tira cuatro mejoralitos arriba de la mesa y les saca una foto. Les das una de Bersuit Vergarabat y renuncian.
Me la hace el primo de un amigo que dibuja re bien: hijos y nietos apócrifos de Rocambole han incursionado en el arte del taperío, sin resultados sexuales. Técnica harto habitual en bandas cerveceras y mortadeleras de bocha.

Autor: Diego Mancusi
