

Una noche nos juntamos a ponerle nombre a nuestros miedos más ridículos. El camino elegido fue el de la confesión del padecimiento, el siempre en vano intento de exorcismo a través de su pronunciación en voz alta, seguido de la búsqueda del término preciso, científico o inventado, para llamarlo y definirlo y definirnos. Los sapos fueron los primeros en surgir (a pesar de que la sola mención ya te generaba todos los escalofríos) pero no supimos o no encontramos la palabra exacta. Por descarte, nos quedamos con "batraciofobia" y seguimos. Uno y uno. Ping pong de temores, mano a mano escarbando en la putrefacción de las cavernas húmedas de nuestros lados oscuros. Acluofobia, típica. Gefirofobia. Aulofobia. Tasofobia y miedo a morir de aburrimiento jugando a este juego. Siderodromofobia. Fobofobia, el colmo de las fobias.
Hubo dos que no nos animamos a declarar. Una compartida, que pensamos al mismo tiempo y nunca dijimos, y la otra mía. Autofobia. Y sedatefobia: el más poderoso temor a que, uno de estos días, la música deje de sonar para siempre.
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Pero sabemos que no va a suceder. Siempre quedarán sonidos por descubrir. Por eso este Random está definido por Nikki Lane, una chica con la que me topé hace días de la manera más azarosa posible. Su álbum debut, Walk of Shame (2011), contiene once temas country-pop guiados por la voz y la elegancia sureña que le valieron comparaciones con nada menos que Nancy Sinatra. Eso, fíjense abajo o acá.

Autor: Yamila Trautman
