rollingstone.com.ar

Cómo Bret Michaels y Poison transformaron una serie de hits de los 80 en una fiesta interminable

El hair metal no murió: la banda sigue en los escenarios a más de 30 años de su formación

 
Michaels junto a fans de Poison en un show en el casino Mohegan Sun, en Connecticut. Foto: Andrew Hetherington

Adentro de un cuarto de un estadio techado en Manchester, New Hampshire, los tipos de Poison, el antiguo grupo de hair metal de los 80, están atravesando el rigor de los tradicionales encuentros con los fans, y todos ellos exhiben el mayor entusiasmo, pero sólo uno de ellos pone todo de su alma y corazón en ello. Ese sería Bret Michaels, 54 años, el cantante y la atracción principal de Poison, un tipo exhausto y alegre a quien nada le interesa más que alegrar al público en nombre de su banda, la cual, contra todo pronóstico (adicciones a la cocaína, peleas a golpe de puño entre miembros de la banda, la Ferrari de Michaels estrolada contra un poste de teléfonos, lo de siempre), jamás se separó y ahora está de gira una vez más por el país, en compañía de Def Leppard, con los muchachos dando una señal bastante clara de lo que es ser los únicos sobrevivientes de una época más famosa por hombres que usaban lápiz labial y polainas que por la música, especialmente ahora que Vince Neil y Mötley Crüe, finalmente, desaparecieron de la escena.

"Sí, man", dice Michaels. "O sea, el otro día le dije a Vince: 'Vince, júntense de nuevo y salgan de nuevo en tres meses'. Y él contestó algo como: 'No, estamos jodidamente acabados, man. Acabados'. Así que no pensé demasiado en eso hasta ahora, pero de esa época, sí, realmente somos la única banda que queda."

En el camino, por supuesto, han tenido cualquier cantidad de situaciones críticas. En la primera época, después de que la pegaran con su primer disco, Look What the Cat Dragged In, de 1986, del cual salieron tres exitosos singles, todo era acerca de los peligros de los excesos. En los años más recientes, básicamente se trató del deseo de Michaels de salir de gira solo, dejando al guitarrista C.C. DeVille, el bajista Bobby Dall y el baterista Rikki Rockett rascándose la cabeza y sin saber qué hacer. Después, hace dos años, Rockett tuvo un cáncer de boca, el cual superó tras un tratamiento. Y durante casi toda la última década, el propio Michaels pasó de un problema de salud a otro, el más grande de los cuales fue una hemorragia cerebral en 2010 que casi lo deja fuera de escena para siempre.

Pero hoy se lo ve muy vivaz, con su cabello característicamente larguísimo (la mitad, hoy en día, es suyo, el resto está hecho de "las mejores extensiones europeas que se pueda comprar con dinero") sostenido en su lugar por sus tradicionales bandana y sombrero de cowboy, mientras da vueltas en la reunión con fans. Dos horas antes del primer show de la gira, cargado de una energía hiperactiva y de grandes sonrisas, sus muchachos y él se dan la mano con fans y tiran poses como dioses del rock para las fotos.

"Ey, ¿cómo va?", le dice Michaels a una mujer desaliñada. "Ey, ¡hoy vamos a hacer un gran show!", le dice a un joven lampiño. "¡Hola, linda!", le dice a una joven pechugona con un corset, pasándole la mano por el hombro. Y después una mujer más grande, de buen aspecto, pero muy delgada y canosa, se acerca a los muchachos riéndose y dice: "Soy de Nueva Orleans. Solíamos salir juntos".

Michaels se reclina hacia atrás y entrecierra los ojos, como si estuviera tratando de conectar la cara con el lugar y cómo puede haber sido en ese momento, cuando los Poison eran conocidos sobre todo por libertinajes, montones de sexo, montones de drogas, básicamente montones de todo, en una época en la que las fellatios en los buses de las giras eran la moneda más corriente. Sus ojos parecen un poco vidriosos, pero después vuelve al presente, cuando DeVille dice: "Oh, ya lo creo, y seguro había un montón de cocaína", lo cual hace que todos se rían, porque ya nadie toma cocaína, especialmente DeVille, cuyos serios problemas de adicción hicieron que lo dejaran afuera de la banda por un período de cinco años a principios de los 90.

Después del encuentro con los fans, Michaels vuelve a su camarín, donde lo espera un shot de Jameson en un vaso rojo. Se lo baja. Le gusta tomar uno o dos shots antes de los recitales. "Es lo mío", dice. "Hace que me encienda. Me hace sentir rock & roll, y bueno."

Mete los pies en un par de zapatillas hechas a medida con piel de leopardo ("¡En el rock & roll hay que tener algo de piel de leopardo!"), se pone una musculosa, se va al baño a delinearse los ojos rápidamente (el último vestigio de la época glam), y después reúne a DeVille (55 años, de ojos locos y aspecto de conejo), Dall (53, relajado, un poco hipster) y Rockett (55, amable, el tipo más cool) para una charla grupal en círculo.

"Escuchen", dice, "lo único que quiero decir es: 'Querido Dios, espero que tengamos un tremendo, tremendo show, y te agradecemos por darnos la salud de Rikki, y todas las hermosas armonías, y, Dios, brindanos la serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar... Amén'. Vamos a rockear. OK, ahora tengo que tomarme otro shot de Jameson antes de salir a cantar".

Poco tiempo después, los muchachos están sobre el escenario, como Poison, por primera vez en cinco años, aporreando los primeros acordes de "Look What the Cat Dragged In".

Michaels, el mismísimo gato, está parado atrás, fuera del escenario, esperando el momento adecuado para abalanzarse, saltando de sus talones y lanzando sus puños al aire.

"¡Estoy listo!", dice. "¡Anímense! ¡Siéntanlo! ¡OK, aquí vamos! ¡Aquí vamos!"

Hace más de treinta años que hace esto, animarse, sentirlo. Es todo lo que sabe y todo lo que puede saber. Es Bret Michaels, y es el cantante de Poison.

 
Poison en la cima, 1987. "Cuanto más alto el pelo, más cerca del estrellato", dice hoy Rockett, ex peluquero. Foto: Adebari / Rex Shutterstock / Dachary

De todas las bandas de hair metal que salieron de la central del hair metal en Sunset Strip, el tramo de Sunset Boulevard que pasa por West Hollywood, allá por los 80 -entre ellas Ratt, Dokken, Stryper, Mötley Crüe, Warrant y otras miles- absolutamente ninguna era más odiada y vilipendiada que Poison.

Una reseña de una estrella de Rolling Stone denostaba su música como un compendio de "clichés insulsos de tres acordes", con letras que consistían en "una visita guiada al infierno de las frases hechas del rock". Aun así, el grupo continuó, con valentía, llevando el aspecto glam de la época mucho más allá que a niveles paródicos, y transformando a Poison, como alguna vez señaló DeVille, "en la broma de Los Angeles, el grupo que ni siquiera les gustaba a otros grupos". Capitalizando la carrera inicial de Rockett como peluquero, se batían el pelo hasta volúmenes vertiginosos ("Cuanto más alto el pelo, más cerca del estrellato, ¿no sabías eso?", dice Rockett), se afeminaban con rímel, lápiz labial, sombras y rouge, se vestían con spandex, cadenas, pantalones de cuero y guantes de red, y se comportaban de una manera que habilitaba a Gary Holt, el guitarrista de Exodus, a decir que los chicos como ellos eran "mariquitas", y que Michaels se desentendiera de esas críticas, puesto que ellos eran la primera pandilla de perdedores del pueblito de Mechanicsburg, Pensilvania, en pegarla a lo grande, sin importar cómo.

"Es entretenimiento", dijo Michaels en 1987. "Queremos que la gente nos recuerde. La gente recuerda a los tipos maquillados." Y hoy, dice: "Al principio, cuando pasamos tres años durmiendo en bolsas de dormir detrás de una tintorería en Los Angeles, yo dije: 'Tenemos que encontrar una forma de destacarnos en público'. Así que encontramos una forma de hacerlo. Pero, sí, nunca encajamos". Por supuesto no ayudó que, durante sus shows, se presentaran de manera verdaderamente cursi: "Hola, ¡soy Bobby!", "Hola, ¡soy Rikki!". De hecho, en un momento, a Slash le ofrecieron el puesto de guitarrista que finalmente fue para DeVille, y supuestamente gruñó: "Sí, acepto el trabajo, pero no voy a ponerme todo ese maldito maquillaje. Y no voy a salir al escenario diciendo: 'Hola, me llamo Slash'... Discúlpenme, pero yo no voy a hacer eso".

Y luego estaban las canciones de Poison, todas las cuales daban vueltas alrededor de los tópicos habituales del rock: lujuria, calentura, amores que salen mal y malos comportamientos, animados por un sonido que sólo podría llamarse, en el mejor de los casos, metal pusilánime. En 1986, MTV le tomó simpatía a Look What the Cat Dragged In, y puso en alta rotación el single "Talk Dirty to Me". Poison de repente despegó, lo cual llevó al segundo disco, Open Up and Say... Ahh!, de 1988 (con el único hit en llegar al puesto Número Uno de la banda, la power ballad legítimamente grandiosa "Every Rose Has Its Thorn"), y a Flesh & Blood, de 1990 (con dos singles en el Top 10, "Unskinny Bop" y "Something to Believe In", otra power ballad), y a 25 millones de copias vendidas de sus primeros tres discos. Pero después las camisas de leñador y el grunge suplantaron al glam y la purpurina, y así se terminó la época de los Poison en la cima.

Durante los años que siguieron, el grupo atenuó el glamour y lanzó cuatro discos de estudio más -el último con material original fue Hollyweird, de 2002-, pero las ventas fueron magras. Después Michaels empezó a salir de gira con otro grupo de acompañamiento, tocando temas de Poison, lo cual molestó al resto de los muchachos. "Sí, para ser sincero", dice Dall, "creo que le habría molestado a cualquiera. Y si cualquiera de la banda te dijera otra cosa, yo creo que te estaría mintiendo". DeVille dice: "Me gustaría decir lo mismo, pero no, no me molesta. A Bret simplemente le encanta trabajar. Le encanta hacer diez cosas al mismo tiempo". Por su parte, Michaels dice: "No tengo una razón maliciosa por la que lo hago. Es algo que se agrega a lo que hago con Poison". Cuánto tiempo más va a seguir de gira Poison, sin embargo, es todavía una duda. "Si me lleva cuatro años convencer a Bret de hacer una gira", dice Dall, "nunca se sabe si va a haber otra. El solo hecho de hacerla se puso tan difícil". Pero aquí están todos ahora, a punto de tocar ante los mismos fans que durante años han encontrado consuelo y felicidad en la actitud despreocupada e incesantemente alegre de Michaels respecto de su música.

"No permanecés en esto durante 30 años por accidente", dice. "Estoy cómodo con lo que hago. Y tenés que ser sincero con quién sos. Cuando ves un recital de Poison, empezamos con 'Cat Dragged In' y 'Talk Dirty to Me', y desde el principio hasta hoy, yo quiero que todos se diviertan. Mi discurso es siempre el mismo: 'Rockeá, sé real pero sé relevante'. Mirá, bueno, malo o indiferente, yo no soy alguien que viva de sus días de gloria. ¡Hoy, aquí mismo, es mi día de gloria!"

Es difícil que no te caiga bien alguien que dice este tipo de cosas y parece decirlas en serio, aunque puede que todo sea una pose, y realmente sea un supremo sinvergüenza del negocio, la suerte de tipo observador y conocedor que podría firmar un contrato para protagonizar un reality show de citas llamado Rock of Love with Bret Michaels, que salió al aire durante tres temporadas en 2007 y que, en 2010, de hecho, ganó Celebrity Apprentice 3, y que hoy asume una postura muy diplomática acerca de su jefe en Celebrity Apprentice, el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump: "No tengo idea cuál es su agenda política. Sólo espero que haga un buen trabajo". Además, Michaels tiene su propia línea de valijas, su propia fragancia, su propia línea de indumentaria para mascotas y así sucesivamente. En este sentido, es toda una máquina de autocapitalizarse, al igual que, según materiales de prensa, "una estrella de rock-marca que te arma una gran fiesta".

Al principio, durante su infancia en Mechanicsburg, era hijo de un hombre de la Marina y de una mamá que trabajaba para el sistema carcelario local. Jugaba para el equipo de fútbol americano de su secundaria, de hecho era el mariscal de campo estrella, hasta que empezó a escuchar Lynyrd Skynyrd, Aerosmith, Kiss y Led Zeppelin, y decidió que convertirse en músico le haría tener más mujeres y sufrir mucho menos y quizás le ofrecería un futuro mejor que su trabajo como cocinero en un restaurante de la cadena de comida rápida Bob's Big Boy. Empezó a armar grupos con sus amigos Rikki Rockett y Bobby Dall, con los que sobre todo tocaban covers y se trasladaban a los shows en una ambulancia Ford Econoline que finalmente, en 1984, fue su medio de transporte para llegar a Los Angeles. En cuanto llegaron ahí, y cuando Slash anunció que de ninguna manera iba a usar maquillaje, DeVille, un oriundo de Brooklyn que no tenía ningún reparo, se sumó, y así quedó fijada la formación. Pasaron el siguiente par de años tratando de conseguir un contrato discográfico. "Eramos una de las 10.000 millones de bandas que trataban de pegarla", dice Michaels. Sin embargo, ellos eran más infatigables que la mayoría, comiendo comida congelada para ahorrar dinero, gastando lo que tuvieran en flyers para repartir en Sunset Strip y aguantando rechazos constantes, además de generar una reputación cada vez más grande como el grupo más fiestero del lugar. "Eramos el evento al que había que ir", dijo una vez Michaels. "Si te gustábamos, aparecías. Si nos odiabas, aparecías incluso más temprano... Finalmente, la gente se dio cuenta de que no importaba si le gustábamos o no, nuestros shows eran siempre una gran fiesta, porque incluso a los escenarios más diminutos los convertíamos en un enorme acontecimiento."

 
Rockett, Michaels y DeVille (desde la izquierda) ensayando en el backstage en Connecticut, antes de uno de los primeros shows en cinco años. Foto: Andrew Hetherington

Los amantes de Poison aquí en New Hampshire ahora están observando a DeVille, el único miembro original del grupo al que alguna vez despidieron. La expulsión ocurrió en 1991, después de un show para los MTV Video Music Awards, durante el cual tocó la canción equivocada, ocasionando una enorme pelea en el backstage. Volvió a la banda en 1996, y está sobrio desde 2006. "Y no es que estoy sobrio al estilo Hollywood", dice. "Estoy realmente limpio y sobrio. Había tocado fondo, y tuve que dejar. Oh, man, en la primera época yo era un verdadero desastre."

Ahora está cerrando el cover de la banda de "Your Mama Don't Dance" con un solo extendido en una guitarra Flying-V que le permite a Michaels salir del escenario hacia una habitación en la que, como hace dos veces durante cualquier show, se pincha el dedo, pone una gota de sangre en un medidor de glucosa, y espera el resultado del nivel de azúcar en sangre. Tiene diabetes desde los 6 años, y constantemente se chequea los niveles. Si está demasiado alto, se inyecta insulina; si está demasiado bajo, se toma una glucosa líquida, que es lo que hace ahora. Después agarra un delineador de ojos y vuelve a oscurecerse las líneas debajo de sus ojos, se pone un poco de Roses and Thorns, la colonia de Bret Michaels, vuelve al espejo para chequear cómo está el pañuelo, y corre de regreso al escenario, mientras DeVille se lanza al poderoso riff que abre "Fallen Angel", y 20 minutos después termina la velada con "Nothin' But a Good Time", después de lo cual corretea por el perímetro del escenario, chocando las palmas con los fans, firmando autógrafos y tirándoles besos a las chicas.

En 2010, cuando una hemorragia cerebral golpeó a Michaels, y lo llevaron en silla de ruedas a la sala de emergencias, escuchó a un médico decir que, si tenía hijos (tiene dos, Raine Elizabeth, 17, y Jorja Blue, 12, con su novia intermitente, Kristi Lynn Gibson), debería llamarlos ahora, porque la muerte no estaba demasiado lejos -incluso en ese momento, y a lo largo del resto de su estadía en el hospital, dice, ese pañuelo siguió en su cabeza-. Es un poco raro. ¿Por qué hace eso? Más tarde, en una entrevista con Oprah Winfrey, explicó su presencia constante de esta manera: "Yo dije: 'Si me tengo que ir, quiero irme rockeando'". Así que ésa es una explicación. Pero también está lo que dice Dall sobre Michaels: "A lo largo de los años, yo seguí siendo quien era, pero él se volvió una estrella de rock. O sea, él es una estrella de rock. El es la estrella de rock". ¿Y quién otro sino una estrella de rock usaría la prenda por la que es conocido durante una larga estadía en un hospital y probablemente la siga usando cuando finalmente lo hagan descender a su tumba? Es un gesto bastante impresionante, y no expresa otra cosa que su fuerte compromiso con la causa.

Un par de dias despues, en la mitad de un show en el casino Mohegan Sun en Connecticut, Michaels sale del escenario y empieza a gritarle a cualquiera que quiera escucharlo: "¡Puedo escuchar mis propios zapatos acá! ¡Tenemos que subir el maldito volumen! ¡La gente está pagando por esto! ¡Lo único que podés escuchar son malditas pisadas! ¡Esto me pone jodidamente furioso, man! ¡Después me dan una guitarra que está jodidamente desafinada, y tengo que afinarla mientras tocamos! Perdón, pero ¡a la mierda! ¡Estas cosas importan!".

En épocas pasadas, esto podría haber llevado a una pelea a los puños con las personas responsables del descuido, porque Michaels históricamente no ha tenido ningún problema en emplear sus puños. DeVille y él solían hacerlo, un diente roto por aquí, una nariz rota por allá. "Mirá, todos nos hemos cagado a palos entre nosotros, pero al día siguiente estamos en la misma habitación, resolviéndolo", dice Michaels. "Nuestras peleas nunca fueron acerca de qué bus está más cerca del backstage. Siempre fueron por canciones en el set y cosas así, excepto por una muy grande con C.C., en la que estábamos borrachos peleadores, y se sentía el olor a whisky y malas decisiones."

Después del recital, Michaels y los muchachos dan vueltas en el camarín, secándose el sudor mientras cada uno da su opinión sobre cómo salió todo, aunque se puede escuchar a DeVille en el pasillo gritando que: "Papá Noel es Satanás. Los dos tienen trajes rojos, nunca los ves en la misma foto, sus nombres tienen las mismas letras [Satan y Santa, en inglés], son la misma persona".

Un rato más tarde, Rockett está contando una historia de Michaels de la época anterior a la gloria, cuando vivían todos juntos en un depósito en el que "podías escuchar al otro cogiendo, tirándose pedos, todo", y donde una noche Michaels y él llevaron a dos chicas. "Así que yo estaba con esta chica y después de tres o cuatro minutos, ella me dice: '¿Le pasa algo a tu cantante?'. Porque Bret estaba del otro lado en el cuarto con su chica y ella estaba casi llorando. Me acerco y él se había desmayado completamente. Tenía los pantalones bajos, y se había quedado dormido encima de ella, así que lo agarré de los pantalones y de la remera y lo saqué. Fue como separar a dos perros. ¿Me entendés?"

Justo a tiempo para completar lo esencial de esta historia, Michaels se acerca y dice: "Ves, así empieza. Ahora vamos a tener que cagarnos a trompadas. Pero, sí, literalmente me desmayé encima de ella".

Rockett dice: "Yo sólo escuché el lloriqueo, y ella era una cosita muy chiquita, quizás asiática, no me acuerdo, pero Bret tampoco es un tipo grande...".

Michaels lo interrumpe ruidosamente.

"Ey, ey, esperá, esperá", ladra. "Cuidado con las palabras. Y yo me voy de acá ahora mismo. Esto va a salir mal", dice. Y se va. Pero sólo puede mantenerse apartado un rato, porque después se acerca sigilosamente para decir: "Yo sólo quiero decir que no me desmayé encima de cada maldita groupie, ¿OK? Esa vez sí me desmayé". Después de lo cual parece como si su ego no le dejara otra oportunidad salvo para agregar: "Y, después, bueno, me desperté y terminé".

En su mayoría, dice que prefiere decir que las groupies de Poison, las de antes y las de ahora, son "fans mujeres del rock superfantásticas, y se necesitan dos personas para bailar tango, dos personas para una fiesta, y dos para coger. O sea, al principio, en mi carrera, era una maldita megafiesta, pero yo era soltero y estaba con mujeres que eran solteras. ¿Entendés lo que digo?".

No, pero difícilmente importe. En un estado de excitación post-show, se lanza a contar sobre la vez que le dio consejos a Tom Cruise acerca de cómo comportarse como una estrella estilo Bret Michaels para la película Rock of Ages, de 2012. "Tom me dice: 'Bret, lo que yo quiero usar es tu imagen, el sombrero de cowboy, el pañuelo, la energía'. Me dice: 'Nadie tiene tu energía sobre el escenario'. Me dice: 'Necesito capturarla'. Y yo le digo: 'Cuando estés ahí, tiene que ser tuyo, man, y pasala bien. Tenés que dejar que emane tu pasión'. Mirá, yo soy la clase de tipo que siempre dice: 'Yo puedo hacer esto'. Vomito en un balde y sigo cantando. Por eso, tenemos fans increíblemente leales que sobrevivieron a cómo los críticos nos denostaron. ¿Si algunas de las reseñas han sido injustas? Absolutamente."

Rockett se enciende. "Nos siguen juzgando por cómo nos veíamos en la tapa de un disco de 1986. O sea, ¡Dios mío!"

"Las ratas, los lobos y Poison tienen mala reputación", dice Michaels. "Los lobos pueden ser increíblemente dóciles. ¿Las ratas? ¿Rata sucia? Las ratas son los animales más limpios que vi. Te abrazan." (Resulta que Michaels tiene dos ratas como mascotas.) "Yo les digo: 'Man, ustedes tienen mala reputación. Yo conozco esa sensación, bro'."

Rockett está dando vueltas con una toalla sobre los hombros. La sala está llena de miembros de la banda y gente que vino a saludar, y pareciera como si él quisiera que todo el mundo se fuera así puede bañarse en paz. Nadie se da cuenta de esto, obligándolo a finalmente decir: "¿Ey, alguien me quiere ver la pija?".

Y así nomás la habitación se despeja, y sólo se queda Michaels, diciendo: "O sea, esta banda debería haber muerto ya muchas veces, pero no. Somos un grupo de rock & roll americano duro, sudoroso, fuerte y sucio, y aguantamos y sobrevivimos". Y sigue, sin prestar atención a la exposición amenazada de Rockett, porque él es el último rockstar de la época del hair metal, y sin él a nadie le importaría nada la pija de Rockett.

Erik Hedegaard

COMPARTILO
 Notas mas leidas
PUBLICIDAD
Revista Rollingstone