Ojo porque se vienen un montón de cosas cero graciosas que no le importan a nadie. Están avisados.
Si leen RockStar desde hace un tiempito, habrán notado que no soy muy amigo de la primera persona del singular: casi siempre acá se habla de "ofrecemos", "proponemos" o "definimos" aunque todo haya salido de la mollera de este demente que hoy les escribe esto. Pasa que me resultan antipáticos los egotrips: me gusta cuando lo que se destaca es el texto y el autor pasa más o menos desapercibido. Pero hoy que estamos bajando la persiana bánquense, por favor, un breve pavoneo del yo. Porque lo que me surge al ver el número 50 en el post de ayer se sintetiza en una sola palabra: pude. La idea de este blog se me ocurrió un domingo a la tarde, tirado en la cama, contando monedas porque la mano venía complicada. Ahí nomás agarré un cuadernito e hice un listado de cincuenta tópicos que habría de tratar (algunos los respeté, otros fueron reemplazados por otros que aparecieron sobre la marcha). La gente de Rolling me lo aprobó, y todo parecía sencillo y llevadero. Todo... hasta que hubo que ponerse a hacerlo, claro.
Por eso digo que pude. De la calidad de mi trabajo no hablo, ustedes sabrán, pero sí del esfuerzo que me demandó. Escribir posteos diarios de no menos de 5 mil caracteres, buscándole la vuelta para no repetir formatos (habrán visto que hubo tests, diálogos, cuadros, Elige tu Propia Aventura, listados, etc.), y más cuando uno no se dedica exclusivamente a esto sino que tiene otros tres trabajitos más, es agotador: de ahí que me hayan leído en alguna red social prometiendo solemnemente no volver a hacer un blog (salvo que aparezca un container de tarasca, es más que obvio). Sí, ya sé que hay gente que hombrea bolsas en el puerto a las seis de la mañana, pero te juro que la cabeza igual se te achicharra.
Pero pude, decía. Logré reunir a una comunidad divertida e inteligente, que reventó el visitómetro de Rolling y dejó BOCHA de comentarios cuando la intelligentzia multimediática dice que los blogs ya fueron, que no los lee nadie, que ahora la posta es el Twitter y el Pinterest y qué se yo. Cuando veo la calidad de gente que se junta alrededor de lo que escribo, siento que algo bien debo estar haciendo. Lo mismo cuando veo cómo son y qué piensan los que me aborrecen.
Yo venía de hacer otro blog, Pop Life, que duró dos años y tuvo su buena repercusión. Y acá hay otro pude: pese a las inevitables coincidencias porque el autor es el mismo, RockStar no fue una remake ni una secuela. Hemos abandonado patos mesías, bretmichaels y meganfoxes y nos hemos abocado a otro imaginario, más terrenal. Lo que antes era absurdo ahora pretendió ser sarcástico: si se logró, lo dirán ustedes.
Por todo esto es que miro la lista de los cincuenta posts y ni yo lo creo, así que repito: pude. No hace falta ni que diga que si pude fue porque ustedes me acompañaron: eso ya lo saben, y se los agradezco y los invito a un asado a todos (disclaimer: no hay asado). Pero bueno, déjenme jactarme un poquito de lo que pasó acá en los últimos meses. Hacer este blog costó mucho, muchísimo. Pero salió bien y lo disfrutamos (casi) todos.
De nuevo, pila de gracias por leer, comentar, recomendar, retuitear, difundir. Hasta acá llegamos. Seguimos en contacto por Twitter y Facebook, si les pinta. Y en cuanto a los consejos rockstarianos: no sean giles, por favor hagan todo lo contrario, que de estos aparatos ya tenemos bastantes. Un abrazo y sacrificio y rocanrol para todos.

Autor: Diego Mancusi
A la hora de recaudar sin transpirar, uno de los tejemanejes favoritos del rockstar es firmar contrato con un sello para editar -por decir- cinco discos a cambio de un vagón de euros, pero quedarse sin nasta al cuarto y cumplir con un compilado de descartes, un rejunte de lados B, un refrito de canciones feas de cuando Graciela Alfano estaba buena, un unplugged, un disco de covers o -la solución más habitual- un grandes éxitos (si tenés o no éxitos y si son grandes o pequeñitos es completamente secundario). Por eso, damos por concluida esta molotov de combustible espiritual apuntada al estrellato con un repaso de lo enseñado hasta el momento, y así hacemos una intercambio rockstarista de doble vía: el autor honra su contrato sin esforzarse mucho y el lector cuenta con un resumen ejecutivo que le permitirá incorporar los conceptos vertidos sin tener que leerse BOCHA de textos larguísimos y pudiendo usar el tiempo sobrante para tuitear, mirar el programa de Rial en pelotas y demás actividades colmadas de rocanrol. A continuación: cincuenta cosas que aprendimos en el curso que hoy, amigos, baja el telón y prende las luces (y no hay bises ni aunque canten "oh, oh oh oh oh" una semana seguida). A saber.
1. Si te vas a enfalopar, al menos tené la deferencia de omitir las frases "mi rica flor" y "mi diosa blanca" en tus letras.
2. El bajista es ese chabón con el bajo. Se mete a la música porque tiene el delirio de querer tocar bien. Raramente moja.
3. La experimentación en el rock sólo ha servido para generar momentos incómodos.
4. La plata que se pierde por la piratería se puede recuperar cobrándole unos pesos al telonero.
5. Si querés lograr el estrellato en la Argentina deberás sentar posición frente a la figura de Charly García, ya sea venerándolo o queriendo golpearlo con una mandioca.
6. En algún momento de su carrera, indefectiblemente, el cantante se pondrá de novio y dejará de componer canciones inspiradas en la multiplicidad de rosquetes para empezar a basarse en lo lindo que es caminar por el parque oliendo los gladiolos. Eso es malo.
7. Al rockstar le bastarán cuatro likes de púberes para sentirse más virtuoso que Mozart, más sexy que Brad Pitt y más pitudo que Moria Casán.
8. La función del productor es convertir esa bosta funesta llamada "demos" en otra bosta funesta más depurada y vendible.
9. Todo micro de gira que se precie de tal deberá contar con un vomitódromo y un rincón hostil para peleas por el control creativo o la tenencia de la mandanga.
10. La función principal del periodista de rock actual es acumular discos en su casa y canapés en su buzarda.
11. Lo que le faltó a Woodstock fue un Escenario Movistar para que toquen bandas emergentes a las tres de la tarde.
12. Si consideramos que la Biblia está llena de pelilargos carismáticos, vírgenes sospechosas y agua que se convierte escabio, la estrecha relación entre rockstarismo y espiritualidad no parece tan descabellada.
13. Cuando el rockstar megalómano se aburre, no se juega un Tetris: trata de salvar a África.
14. Hay que seguir buscando la manera de que podamos cobrar por sacarnos fotos con fans cholulos.
15. La percusión era la forma más elemental, natural y portátil de la música, hasta que llegaron los bateristas y la convirtieron en la más complicada, anormal e imposible de mover de un lado a otro.
16. La actuación es un método eficaz para magnificar y poner en movimiento la egolatría que el rockstar tiene cautiva en los 12x12 de la tapa del CD.
17. Dedicarte al metal y hacer glam es como dedicarte al fútbol y jugar en Racing.
18. Nunca toques de pantalón corto.
19. Si vas a versionar a Manowar, asegurate de que no toque Manowar a dos cuadras por la mitad de la guita que estás cobrando vos.
20. El twitter de los rockstars es un Marshall que llega hasta 11 para el overflow de tribuneo y pelotudez que antes circulaba unplugged.
21. Llegar a ser virtuoso es mucho quilombo. Con tocar "El payaso plin plin" pero muy, muy rápido la hacés creer a la gilada que sos Steve Vai y pasás a cobrar.
22. A la policía hay que odiarla porque nos revisa los bolsos buscando droga, y si no llega a encontrar nos tira abajo la lucrativa imagen de reventados que con tanto esfuerzo construimos.
23. El Ctrl + Shift + F7 de Word es una gran fuente de inspiración a la hora de escribir letras.
24. Si le metés demasiado humor al rock te condenás a animar cumpleaños de 15 y fiestas empresariales por el resto de tus días. Lo cual puede no estar tan mal.
25. El drama es un efectivo recurso para convertir cualquier idiotez en una declaración profunda.
26. El verdadero macho rampante del rocanrol se viste con cuero y tachas. Ejemplo: Rob Halford.
27. La tapa de formato "me la hace el primo de un amigo que dibuja re bien" termina generando engendros muy populares entre bandas lúmpenes.
28. Si tu banda de hermanos se separa y el del talento sos vos, igual reunite porque la gente paga para verte al lado del otro peleando, aunque sea un zafio.
29. Ser tecladista es una parafilia rockera, como el proctólogo para la medicina.
30. La mejor manera de sacarte de encima a la groupie modelito de Dotto es llevarla a comer un locro.
31. Si cuando eras pibe hiciste un berrinche porque tu vieja te calzó un chirlo por haberle soltado la mano en el Italpark, es una gran oportunidad para que tu biopic diga que tuviste una infancia dura porque tu madre era golpeadora y jugadora.
32. Un rockero en un hotel es como un pibe de viaje de egresados en Bariloche pero con menos mandanga.
33. Comprometerse políticamente es una gran forma de obtener estudios de grabación a precios módicos.
34. Afiliarse al satanismo es útil para combatir al establishment de a una vieja del Opus Dei escandalizada por vez.
35. Hombre que toca + actitud = pujante sexy symbol. Mujer que toca + actitud = tortona.
36. No existen las letras malas, existe el público equivocado.
37. Para el rockstar promedio, un bebé es una venérea que hace caca.
38. Si sos guitarrista: decile no al virtuosismo. Se te llenan los shows de ñoños y no la ponés ni a plazo fijo.
39. El enemigo, la verdadera cara visible del flagelo de la piratería, son los taringueros de 14 años y los manteros de la estación Lanús.
40. En idioma gacetillero, "fueron teloneros de Deep Purple" significa "tocaron en un festival que encabezaba Deep Purple, pero a las 3 de la tarde de un martes en el escenario Marolio".
41. Para ponerle nombre a una banda de rock barrial, con el artículo "la" y un sustantivo o adjetivo femenino alcanza y sobra.
42. La mejor manera de protestar contra la injusticia en el mundo es reventándose el hígado con vino de caja.
43. Si el rockstar no es famoso y firma autógrafos, los oprimidos no tienen voz y el mundo se va a la goma.
44. El tiempo que el rockstar pasa en el estudio de grabación es lo más parecido a un trabajo formal que va a tener en toda su vida, aún cuando siga teniendo permiso para llegar seis horas tarde todo fruleado.
45. El fracaso se convierte en éxito con dos palabras: "de culto".
46. Tener el pelo sucio y descuidado requiere muchísimo trabajo, tiempo y dinero.
47. Reunir a tu ex banda es un shock marketinero que te permite juntarla con pala tocando los temas viejos y, por ende, no teniendo que ensayar.
48. Tratalo bien al manager, que si quiere te salva y si le pinta te manda al caño.
49. El cantante sólo habla de una cosa: de sí mismo.
50. Para cumplir el contrato sin despeinarte: sacá un greatest hits.
51. (Bonus Track) Nickelback apesta y marea.

Autor: Diego Mancusi
Que el del vocalista sea uno de los últimos tópicos a tratar en nuestra justa del saber no es casual: si lo piensan, la esencia del rockstarismo es intrínseca a la tarea de éste noble obrero del ego y la vagancia. O sea: el tipo jamás se preocupó por aprender a tocar nada, nunca en la vida pasó más que el tiempo que dura una ducha perfeccionando su arte, su magia radica en ordenar un toque algo que hacen los pibes de cuatro años cuando se están revoleando caca de gato en el arenero de la plaza y ni siquiera pone el lomo para cargar un instrumento. Y sin embargo ahí está, usufructuando su genitalia de maneras que sus compañeros ni siquiera imaginarían (se calcula que el Índice de Ensarte de un vocalista ronda los 15,7 bajistas) y juntándola con pala a punto tal de comprarse autos en los que entrarían los autos del resto del grupo. Decime algo más rockstar que eso, y no vale decir "ir a lo de Tinelli".
El cantante es el protagonista principal de una de las tantas paradojas que movilizan al rocanrol: la persona que no sabe tocar nada es la más importante, dado que de no existir éste el grupo se abocaría a la aberración de la música instrumental, la cual -como ya establecimos alguna vez- es a la lascivia femenina lo que los fantasmitas al Pac Man, nomás que sin la papota que levanta de una esquina (alta analogía rockstar) para después perseguirlos. Esto genera esa dualidad de veneración y resentimiento que rige gran parte de las agrupaciones rockeras: por un lado le reconocés que su carisma es altamente responsable de que no te tengas que levantar a las seis de la mañana a mulear acamalando salchichones, y por otro le querés hacer un lavaje de estómago con acaroína porque... no tocás nada, hijo de puta, NADA.
En la instancia amateur del embrochetamiento de jipas, el cantante tiene una pequeña desventaja: necesita imperiosamente de la presencia de un guitarrista que lo acompañe, dado que cantar a capella en una fiesta es cosa de drogadictos y no estaría siendo efectivo para despeinar el ornitorrinco. No obstante, esta exigua contrariedad se desvanece en el mismísimo instante en el que abre la boca, teniendo en cuenta que el 102% de la concurrencia posará sus ojos sobre él aunque esté berreando como ternero con retorcijones, sin importar de que al mismo tiempo el guitarrista esté tocando el Nocturno Op. 32 n.º 2 de Chopin con los ojos vendados y sosteniendo un tubo de dentífrico. Aquí, una breve conversación real que lo prueba.
CANTANTE: "... eeeeehhh si eeeeehhh amigoooo..."
MINUSA 1: cuanta crudeza para decir "eeeh", se nota que le sale de las tripas
MINUSA 2: quiero ser la jineta de su apocalipsis peneano.
GUITARRISTA: "... PIN UIIIIIN PIRUPIRUPIRU UAAAAAAIIII TILINININN..."
MINUSA 1: esta es la parte en la que no se canta.
MINUSA 2: ya lo estoy extrañando.
Básicamente, el superpoder del cantante es la capacidad de convertir sus defectos en virtudes. Mientras el guitarrista se pasa diez años en el conservatorio dándole a las cuerditas y después otros cinco si quiere aprender a tocar el piano, el vocalista aprende a escupir adentro de una armónica y es automáticamente multiinstrumentista. Si suena como un canillita resfriado, nomás se mueve mucho y se transforma en un carismático frontman. Si años y años de camerusa le transforman las cuerdas vocales en una albóndiga de sangre, su voz pasa a ser rústica y madura, como un buen vino añejado. Si sus compañeros están tocando "Roundabout" de Yes y él desafina tanto que varios miembros de la concurrencia se la confunden con "Putas" de Villanos, lo suyo es experimental y vanguardista, por rebelarse contra la dictadura de la entonación. Ser cantante es ser Riquelme en Boca: te van a aplaudir aunque te pases el partido entero comiéndote una picadita en el banderín del corner.
Resulta pasmoso encontrar que todavía hay gente que tiene Facebook o le paga a un psicólogo para hablar de sí mismo, cuando tiene a mano la posibilidad de hacerse cantante y aprovechar cientos de micrófonos para tales fines sin gastar un peso y con un montón de beneficios extras. Sabiendo que ostenta el monopolio de las palabras en el seno del grupo por tener que escribir las letras, el vocalista sabrá arreglárselas para responder a una pregunta sobre -por decir- la crisis en Libia con un relato pormenorizado de la última vez que cocinó una napolitana a caballo. Esa es otra enorme ventaja de ser cantante: todas las respuestas están siempre cerca, porque indefectiblemente tienen que ver con uno mismo.
Por todo esto, el consejo cae de maduro: el esfuerzo es casi nulo y la gratificación es ridícula, con lo cual no hay nada más rockstarista que cantar. Si ya arrancaste por otro lado, hacé el siguiente ejercicio: 1) levantá un sifón de los de vidrio; 2) dejalo caer en tu dedo meñique del pie derecho; 3) expresá tu dolor con un grito; 4) disfrutá de tu nuevo status de cantante.

Autor: Diego Mancusi
Varias veces en este blog nos hemos remitido a los mismísimos albores de la música, aquellas lejanas épocas en las que los "shows" consistían meramente en la performance de un ejecutante que realizaba un patrón percusivo uniforme y repetitivo apenas matizado con alguna intervención vocal (o ni siquiera eso), mientras las masas se contoneaban rítmicamente sin prestar demasiada atención a la estructura de la música que oían y sin exigir más que ese impulso visceral que los instaba a mover el cuerpo. O sea: re precario y básico, nada que ver con lo que pasa ahora que tenemos tecno, DJs, raves y todo eso.
Pero decíamos: ya en aquel momento, el esbozo de músico se las arreglaba para perderse en los laberintos de su inoperancia, llegando tarde a compromisos incluso millones de años antes de la invención del reloj, o siendo incapaz de conseguir que lo llamaran a tocar los tambores ante otro público que no fuera su propia tribu. Fue en ese entonces cuando otro cavernícola más pillo, que por algún motivo se había hecho una especie de corbata con una lengua de algún bicho del año del choto, se percató de que el tipo era marcadamente lelo, se le acercó y le ofreció trabajar para él, prometiéndole que sólo tendría que ocuparse de la creación porque todas las tareas que le conciernen a un ser humano adulto y funcional se las iba a hacer él a cambio de unos cuantos piedrodólares. El proto-rockstar lógicamente la flasheó en colores y cerró el trato con la palabra que definiría el destino de su especie de allí en más: "uga". Así nació la figura del manager de rock.
Para el músico, el manager tiene un efecto muy parecido a la mandanga: les sirve para disimular su incapacidad, pero si le dan demasiado protagonismo los puede dejar tecleando. Su campo de acción incluye desde pelearse a los gritos con un productor para que el camarín tenga agua caliente hasta conseguir una ferretería abierta a las tres de la mañana en San Antonio de Padua porque al cantante se le antojó atornillar el bidet a la pared. También es un eficaz traductor rockstar - humano, como se puede apreciar en el siguiente dialoguito real con los nombres cambiados para no darle un 50% de asco a Fito.
ROCKSTAR ALDO: Ya mismo quiero que la habitación tenga un jacuzzi lleno de Evian saborizada de banana con toallas de seda china bordó tejida por gusanos recién bañados en Evian saborizada de banana. También quiero una Minipymer, un Abdominizer y un Anal Intruder, y que me lo traiga la chica de Dulce Amor a upa de la de Graduados. Y todo eso envuelto en papel celofán con un estampado de Yogui el Oso con la camiseta de Talleres de Remedios de Escalada. Si no, no toco.
CONSERJE: Cómo es.
MANAGER: Dale la pieza mediana que está del lado de la cocina, mandale un vino de treinta mangos en una hora y llamale a Brenda o a Vanina y deciles que digo yo que todo bien pero que a las cinco de la mañana lo dejen dormir.
CONSERJE: Ta.
Pese a todo esto, la tarea del manager Jedi suele estar estigmatizada por el tan temido manager Sith, quien –tal vez con las pelotas del tamaño de dos fans de Wanda Nara por abarajarle los chanchullos a su inepto mandatario sin recibir jamás crédito alguno- es capaz de incrementar sus honorarios unilateralmente embolsando sin aviso el monto de las anticipadas de un Cemento y trasladarlas hasta el casino más cercano, donde procede a permutarlo por un montón de llanto y excusas (caso real, pero esta vez real real, y no pasó una sola vez sino dos y con la misma banda, en un pasmoso caso de lealtad suicida). Y ya que hablamos de excusas... el pretexto es al manager lo que la pentatónica al guitarrista medio pelo: ese recurso al que echa mano cada vez que se embarulla, logrando quedar casi siempre como un campeón del mundo sin gastar nada. Un error de cálculo en la planificación de una gira se puede fundamentar perfectamente con un complot de la CIA, una encíclica papal o un ataque alienígena: esas son las ventajas de tener que darle explicaciones a un zanguango cuya única preocupación es tratar de desabotonarse de una coloradita calcada a Lindsay Lohan pre reviente.
Por este motivo, los managers de rock tienen una regla de oro: aunque sean compinches, amigotes, cómplices y padrinos mutuos de sus hijos, jamás se emborrachan o se enfalopan en compañía de sus representados. Esa doble moral tan ventajosa que posee el rockstar les permite andar enfafafados por la vida como si fueran los sobrinos predilectos del Willy Wonka de la papota, pero si alguien de su entorno se muestra levemente mareado por la toxicidad, inmediatamente se convierte en un delicuente y/o inservible y todos los males del mundo se pueden atribuir a su inconmensurable drogadicción. Claro que también hay casos de mexicaneada de estupefacientes entre managers y bandas, como el de aquel manejador que adquirió determinada bolsa para entrar en gracia con el grupo que los había invitado a Europa, pero a mitad de camino cambió de planes y procedió a inocular su mucosa nasal con todo el profuso contenido en la soledad de su habitación de hotel (otro caso verídico que circula por ahí).
Igual que la niñera que te cría y te estimula para convertirte en un buen muchacho o te pone los dibujitos toda la tarde y te sopapea para que te calles, el manager tiene, por delegación, un enorme poder sobre el rockstar. Por eso, el consejo es uno solo: querelo, respetalo y reconocele sus méritos, pero designá un adulto responsable que cada tanto chequee los números. Recordá que tu ascenso al rockstarismo de adamantium depende en gran parte de su culo inquieto, pero que a la vez tu descenso a las ingratas ciénagas del trabajo y la grisácea vida normal está al alcance de su mano.

Autor: Diego Mancusi
Desorientados por el insólito prejuicio al lucro fácil, quienes no están interiorizados en el arte del rockstarismo ubican a las reuniones de bandas disueltas entre las cosas más innecesarias del devenir universal, al nivel de un iPad, de la coda de piano de "Layla" o del Chino en Midachi. Sin embargo, el ojo avezado es capaz de detectar que las reuniones son lo más parecido a una jubilación que existe en el mundillo del rock: cuando a uno se le aplacan los bríos juveniles, la cabeza ya no responde como antes y la merma en la capacidad de trabajo hace decrecer los ingresos, siempre tendrá a mano la posibilidad de vivir de viejos logros. Y lo mejor de todo: se puede hacer a los 35 años.
Los grupos son un mecanismo armonioso, pujante y uniforme hasta que un día el cantante se sube al pony y propone una repartija de 70 para él y 30 para los demás, acción a la que el guitarrista responde con un puntapié en el bazo, lo cual es presenciado por la novia del vocalista, quien le dice a su cónyuge "vos no tenés por qué bancarte esto, lindo" y el otro, pollerudo ante todo, pega un portazo y manda al resto a la goma. A todo esto, el bajista está preocupado por giladas como la dirección artística de la banda y se niega a seguir tocando "El veneno blanco del rocanrol", al tiempo que el baterista está ocupadísimo teniendo sobredosis. El paso siguiente es inevitable: la ruptura.
Un par de años después se dan cuenta de que remarla para comer caliente cada uno por separado pudiendo chapear como grupo es como tener la fórmula y el permiso de usufructo de la Coca Cola pero lanzarla al mercado como Fido Cola porque te recuerda a tu perrito de la infancia. Acto seguido el manager, quien también tiene todas las ganas de resucitar su gallinita de los huevos de oro, se pone en contacto con los involucrados, y tras cumplir con el acting de limar viejas asperezas los viejos rencores, la cosa está en marcha otra vez.
No todas las reuniones son iguales. Para identificarlas, procedemos a una breve clasificación.
1) Venti: todos los miembros originales se ponen de acuerdo en no fenecer y ni bien reciben el llamado se suben al bote. Se apunta alto: como mínimo, gira y DVD en vivo.
2) Grande: cuando se separó la banda el bajista reventó como un sapo o descubrió a Cristo, o si no algún pillo quiso zarpar al baterista pagándole en rupias, con lo cual la vuelta queda renga. No obstante, siempre hay un sesionista pujante para llenar el hueco y todo funciona más o menos en patines.
3) Alto: El segundo tecladista y el panderetista se juntan para armar The Lo Que Sea Experience aunque el resto esté enderezando bananas en Barbados. Sin ningún tipo de escrúpulos salen de gira para tocar en lugares para 200 personas en países tercermundistas y, al menos, poder pagarle la manutención a sus esposas de Las Vegas.
4) Raspado de Mango Maracuyá: no les importaban a nadie en su momento pero vuelven manijeados para aprovechar la amnesia colectiva y autoadjudicarse algún tipo de relevancia (gracias a la acción de su noble encargado de prensa). Si son los originales, cambiaron al guitarrista por Tino de Los Parchís o son todos nuevos a modo The Next Generation: nadie lo sabe, pero los hipsters igual se van a apiñar en el Salón Pueyrredón.
Para confirmar en qué casos conviene reunirse con sus ex compañeros y en qué casos no, concluimos esta entrada con un diagrama que aclarará todas sus dudas en cuanto a este espinoso pero insoslayable problema/privilegio. A saber.

Autor: Diego Mancusi
A este coso le queda una semana, amigos. Si todo sale como está previsto y Bartolo no da la orden de que hay que seguir seis meses más porque esto está midiendo más que las notas sobre Ciccone en La Nación, el próximo viernes a esta hora estaré apretando el Send de un mail con título "Post" por última vez en la vida (última, digo, porque les juro que se van a tener que juntar los Expendables y los Extermineitors en una especie de Traveling Wilburys de matones para torturarme si quieren que vuelva a hacer un blog todos los días). Por eso, arrancamos la despedida lentamente: hace siete días le dimos espacio al Living de los Viernes por última vez y hoy les ofrecemos otra sección clásica (?), la benemérita Mejores que Nickelback, para que podamos arrancar con el duelo de la mejor manera posible: con música nefasta.
En esta oportunidad nos juntamos alrededor del fogón iutubiano para disfrutar de una banda de adolescentes que quieren hacer metal pero les sale, cuanto mucho, ese papel con el que se envuelven los chocolatines. No obstante, con esa paupérrima performance no deja de alcanzarles y sobrarles para ser, cómo no, mejores que Nickelback. Como siempre: video y minuto a minuto.
0:10: El rubio que está arriba del escenario baja una gaviota con un flechazo invisible. Señal de que se viene algo grosso.
0:33: Los pibes logran lo imposible: que "Walk" de Pantera suene como un descarte de los Decadentes. Crédito para ellos.
0:35: Queda claro que estamos ante una escuela de chicos con problemas: a los epilépticos los mandaron al escenario y a los autistas los dejaron abajo. Pese a lo que pueda inferirse, este NO es el pico de pogo.
0:44: La idea de versionar a Pantera sin guitarra comienza a parecer no tan buena como al principio.
1:12: Ahora sí: PICO UNIVERSAL E HISTÓRICO DE POGO DESENFRENADO
1:25: "Gracias, gracias. Y ahora, nuestros compañeros sobre el escenario pasarán a interpretar una versión libre de danza contemporánea del Planeta de los Simios. Un aplauso para ellos... ¿no? Bueno, seguimos..."
1:40: El goce de las masas es directamente proporcional al sufrimiento del tacho de basura que aporrea el baterista.
2:04: Epa, se armó.
2:15: Igual a los pibes les chupa.
2:27: "Haganse dar, yo me voy a la mierda", piensa la morochita de la primera fila, mas desiste cuando la maestra la amenaza desde fuera de cuadro.
2:44: Arriba del escenario, pibe de remera azul: el único que entendió todo.
2:55: El fin. Algunos aplauden, el negrito de la primera fila queda anonadado.

Autor: Diego Mancusi
El estilismo capilar en el rockstar es como poner al equipo de Extreme Makeover Home Edition liderado por Le Corbusier a construir un terreno baldío. El proceso es harto conocido: un suave masaje al cuero cabelludo con aceite de duodeno de panda, una hora y media de baño de crema tibia energizante inframolecular, un corte con navaja de adamantium calcado del que tiene el mafioso de Luxemburgo que se está comiendo a Naomi Campbell, un peinado milimétrico con spray importado de Eternia y una cuenta en euros de oro con la que podrías comprarte una familia entera en Suazilandia y ponerla a manejar una flota de taxis. Y como resultado de todo eso: faaa, mirá que reo y descuidado es ese chabón, él es así de sucio y desprolijo porque es auténtico y lo que le importa no es la imagen sino el rocanrol. A comerla.
Como todos sabemos, pasearte por los VIPs de la noche porteña portando una cabellera cuidadosa y onerosamente despeinada es el último y definitivo gesto de rebeldía. Protestar contra la dictadura del cepillo y la gomina como símbolo de la rigidez que caracterizaba a los valores y las tradiciones de las generaciones anteriores, a través de la utilización de un montón de productos que publicita Marcela Kloosterboer diciendo "¡que pelazo!" con cara de estar en pleno pico de glucosa, no sólo es un magistral uso involuntario de la ironía sino también una demostración de insoslayable personalidad y carácter que, a la larga, va a terminar derrocando al capitalismo y matando a Joseph Kony, o algo así.
El tema es que, como todos sabemos, si al rockstar le decís que te prepare un té con leche se pone a llorar y te dice que no sabe la receta. Por ende, no nos queda otra opción más que orientarlo en su búsqueda de la perfección, capilarmente hablando. Para ello procederemos a desplegar un catálogo de modelos peinaderiles y su aplicación en cada subgénero del rock, a efectos de que la estrella mareada logre identificarse con alguno y, de esa manera, se lo pueda solicitar a su coiffeur y salir de la peluquería con la billetera despeluchada pero convertido en una amalgama filosófica de GG Allin y Malcolm X. A saber.
Modelo Pinchitos con Gel
Popular entre la subespecie que considera que la verdadera fuerza del rock radica en fotocopiar un riff que descartó Bowie en el 72 y que se esfuerza por demostrar que llegó al show tomando champagne en limusina aunque en realidad se le haya volcado la Cepita en la parte de atrás de un Senda con las juntas sopladas. Tiene como complicación principal la puta ley de gravedad, habitualmente enemistada con el chivo profuso.
Modelo Afro
De habitual aplicación en negros de esos que te hacen mover el caquero como un Kohinoor y en próceres del rock alimentados a corticoides. La mayor contraindicación es el riesgo a ser confundido con Cipe Lincovsky.
Modelo Melena
Hoy en día, este modelo está casi exclusivamente relegado a la escena del metal y el hard rock, la cual no tiene empacho en demostrar su hombría y reciedumbre copiando la plantilla capilar de Grecia Colmenares. También se aprecian melenas en el rubro jipi de boutique.
Modelo Colores
Aquellos quienes cancelaron su suscripción a los suplementos jóvenes de los diarios capitalinos en 1998 tienden a enfrentarse al establishment rebanándose el cabello con una piraña cocainómana y pintándoselo con Koleston fucsia. Esto se complementa con muchas canciones que repitan las frases "hacer realidad tus sueños" y "cambiar el mundo" compuestas haciendo la vertical sobre un colorido lecho de ositos de gominola.
Modelo Calvo
Plantilla de aplicación amplia, popular entre vocalistas lúmpenes, tropirrockers místicos y millonarios reclusos. Su aparente desidia transmite autenticidad, aún cuando provenga de la aplicación del filtro 1 de la afeitadora más cara del mercado por parte de un mancebo filipino.

Autor: Diego Mancusi
El rockstar es bravo, atrevido, rebelde. El rockstar toma el toro por las astas y la sartén por el mango, se lleva el mundo por delante y le da marcha atrás para pisarlo un toque más, descree de todo lo establecido y se alza contra las tradiciones, las injusticias, las opresiones. El rockstar es un ejemplo de seguridad, de hombría, de convicción. Todo eso es el rockstar, hasta que un pibe de 15 años le dice por Twitter que su último disco es una bosta. Ante tamaña tragedia, el rockstar pasa a llorar como nena chiquita en posición fetal y llamar a su mami.
Tan adictas a la mandanga como a la sobada de lomo, las estrellas tienden a perder el norte cuando un revés pone en jaque su inquebrantable brillantez. Su nivel de tolerancia a la falta de éxito es comparable a su habilidad para hacerse un café con leche sin ayuda de su manager. No obstante, la magia del rockstarismo ofrece la posibilidad de convertir cualquier fracaso en un suceso rotundo. Por eso, acortamos los preámbulos y pasamos a ofrecerles cinco consejos útiles para transformar esa derrota que tanto nos atormenta en una victoria en un clásico con un gol en orsai con la mano a los 49 minutos del segundo tiempo. A saber.
1) Como ya hemos visto alguna vez, en el rock también existe la verdad y "la verdad". Por lo tanto, si a tu último trabajo los pibes se lo bajan de Taringa y después entran otra vez a devolverlo, y gracias a ello no llega ni a la categoría de Disco de Corcho, lo más pertinente sería convertirlo -manija mediante- en una obra de culto, incomprendida, adelantada a su época. Entre un disco de mierda y "un álbum que toma a contrapierna al oyente promedio por desafiar con osadía y desfachatez todo lo que se espera del rock actual" hay apenas treinta segundos de sanata. Si de repente te das cuenta de que hiciste un disco óctuple con temas grabados con un MP4 coreano que se llaman "Chupame la nuca", no te facepalmees: llamá a un periodista amigo, hablá como drogadicto recién bajado del Samba y sentate a esperar al inevitable hipster que destaque tu valentía. Puede que ahora no vendas una goma, pero en veinte años, cuando no te puedas mantener en pie y tengas un Chernobyl en el gañote, tu disco nefasto pseudo vanguardista te va a arrimar unos mangos para los puchos. Queda claro: un disco malo, bien manijeado, es un plan de ahorro.
2) Algo similar podés hacer con los shows: cuando la gente escuche tu disco, lo repudie, le declare la Jihad en contra y antes que ir a la presentación prefiera quedarse en la casa viendo mandibulear a Iudica y lamiendo un chupetín de lavandina, podés transformar tu convocatoria penosa en la privilegiada concurrencia a un concierto mitológico en el que el artista desnudó su corazón en un clima de absoluta intimidad. Bola de Twitter de por medio, al siguiente show te caen todos los giles que creen haberse perdido un hito generacional. Claro que las entradas para ese show pueden sufrir un pequeño ajuste inflacionario del 256%, con lo cual recuperás, ganás y patinás en iPads y merluza. Epic win.
3) El fracaso de un disco nuevo es una maravillosa excusa para ignorarlo y dedicarte a tocar los grandes éxitos, los cuales ya tenés manyados de memoria. Así ahorrás tiempo de ensayo, el cual podés utilizar para encarar proezas de neto corte rockstarista como jugar al badmington desnudo, tuitear en el hashtag #elprogramadeFantino o dormir siestas de dos semanas usando a la primita de alguien como almohadón.
4) Donde un pesimista ve un fracaso discográfico, un rockstar de alma ve un excelente pretexto para renovar el crédito con su señora. Si la doña está dudando entre ponerte la valija en el palier o reventarte el cráneo con un .38 por tu tendencia a llegar a tu casa dos semanas tarde bañado en jugo de groupie, decile que tu disco se fue a la goma porque viviste los últimos meses atribulado por la culpa, los vaivenes de tu relación y el pavor a que un amor tan noble y puro se termine. Complementalo con un ramo de fresias de ocho mangos y vualá: no menos de un año de bardo tolerado.
5) Nunca pierdas de vista que un fracaso a nivel local es un éxito potencial a nivel internacional. Si tu disco vende menos que el último de Celtic Frost haciendo covers de Juan Luis Guerra, prendé la máquina de decir boludeces útiles y atribuíle el desaire a la incompatibilidad entre tu refinada propuesta y el gusto simplista del público argentino. Así, algún ejecutivo de tu discográfica con ganas de -aunque sea- salir empatado, te va a poner unas fichas en México o Brasil y tu escasez de pesos tendrá amplias posibilidades de convertirse mágicamente en abundancia de dólares. O sea: para el rockstar, perder no es una opción.

Autor: Diego Mancusi
Miralo de esta forma: el tiempo que el rockstar pasa en el estudio de grabación es lo más parecido a un trabajo formal que va a tener en toda su vida. O sea: tiene plazos que cumplir, tiene un laburo que entregar y tiene un esbozo de jefe, que vendría a ser el productor. La diferencia con lo que te pasa a vos es que él berrea y aporrea un instrumento en lugar de mulear con el Excel, que graba un mes y después se pasa seis haciendo "pfff, pfff" con las manitos en el agua del jacuzzi y que a la hora de procrastinar, en vez de jugarse un buscaminas, se inocula una cantidad indeterminada de camerusa a través de las narinas. O sea: lo de él es un toque más piola, me parece.
El estudio es, por ende, el lugar adonde la estrella de rock despliega su adultez. O mejor dicho su versión de la adultez, la cual orilla un mínimo de responsabilidad pero también incluye la posibilidad de llegar reptando seis horas tarde disfrazado de ferretero glam. Es aquí donde apreciamos la verdadera dinámica de un grupo de rock: el cantante y el guitarrista salivándose para lucirse más que el otro, el bajista equivocadísimo tratando de tocar algo en serio y el baterista haciendo chistes de pedos y realizando experimentos del tipo "a ver si puedo meter 22 huevos duros adentro de una botella de Hesperidina". Y entre todo eso, el productor/niñera tratando de desempeñar una lista de tareas que incluye evitar que caiga fafafa en las perillas, revivir al vocalista antes de que se trague la lengua y, cómo no, hacer un disco.
Para ejemplificar las situaciones a las que se puede enfrentar un rockstar en un estudio de grabación pasamos a detallarles uno de nuestros habituales diálogos reales con los nombres modificados para no herir la susceptibilidad de Fito Páez. Aquí podrán apreciar el auténtico modo de conducta de una estrella hecha y derecha, como así también el espíritu castrador y represivo del productor, ese milico de atrás del vidrio al que le pagamos un fangote para después hacerle la vida imposible. A saber.
ALDO ROCKSTAR: para grabar el tema que viene ahora quiero que el clavicordio tenga insuflado un wah wah pictórico saliendo del Marshall enchufado al Atari mientras un pentatonio acromático se desborda en la minipymer sónica, y todo eso pegado en el techo y pintado de amarillo. Y quiero tostadas con manteca.
PRODUCTOR: Carlos, corré todo, hacele caso.
CARLOS ASISTENTE: Chaetuputamadre.
(dos horas después)
CA: Ya está
P: ¿Listo, Aldo?
AR: Sí... no, pará, pará. ¿Qué es esto? ¿Me microfonaron la ractancia en el simposio helicoidal?
P: Sí Aldo, hace 250 mil años que se hace eso. Los Beatles grababan así. Los cavernícolas grababan así. No rompas las bolas, vamos a empezar.
AR: ¿Cómo? ¿Vos estás loco, que creés que me vas a hablar así? Te cuento, chiquito, que si todos los innovadores hubieran grabado así sin chistar, el rock sería la misma mierda de hace cincuenta años.
P: Todos los innovadores GRABARON así sin chistar, Aldo. Grabar sin eso es como jugar al fútbol sin pelota. ¿Arrancamos?
AR: No me faltes el respeto. Cambiame todo o me voy y no me ves más.
P: Por dios... ta, ta.
AR: ¿Y qué es esta mierda que está acá, que me caga el feng shui del cuarto?
P: La batería, Aldo.
AR: Ah. Bueno, eso va a hacer falta. Lo demás cambialo todo.
P: Carlos, cambiale todo.
CA: Mecaguenlaput.
(seis horas después)
P: ¿Estamos, Aldo? Bueno, vamos con la toma uno.
AR: Sí, dale. Esperá que rasgueo para afinar y... nop, acá algo suena raro.
P: ¿Qué suena raro, Aldo, por el amor de Alá y Jehová y la reconcha de la vida de todo?
AR: No sé, es como que le falta sabor al La Menor. Suena ácido, no tan amargo ni agridulce. Que decida Solange. ¿Qué te parece, amor?
SOLANGE NOVIA: No sé Aldo, para mí está mal microfonada la ractancia.
AR: Ya la escuchaste: hay que volver a microfonar la ractancia.
P: Aldo, la piba tiene 19 años, la conociste ayer y recién me preguntó qué era un bajo. ¿Vos decís que la posta la tiene ella?
AR: Clario, la tiene, porque no está contaminada por la industria como vos. ¿De qué trabajas, preciosa?
SN: Ijiji.
AR: Ahí tenés: bioquímica. No te lo dice porque es tímida, pero es bioquímica. Además tiene un MP4. Microfona otra vez o no sigo.
P: Carlos: dale.
CA: Pelotudemierdilaconch.
(ocho horas después)
P: ¿Está bien ahora, Solange, Aldo, eh?
AR: Ahora está bien, la guitarra suena como un rugido del cielo.
P: Sí, igual. Bueno, ¿qué vas a tocar?
AR: Arranquemos con "Subite a mi rocanrol".
P: Lo que vos quieras, dale. Estamos.
AR: "... subite, nena, subite a mi rocanrol... subite, nena, subite a la perdición... subite, nena, subite a mi corazón... subite, nena, subite a mi...". Listo, gracias.
P: Te faltó la última parte, Aldo, ¿me estás jodiendo?
AR: No se me ocurre nada. Autotuneale un final con el ProTools. Mirá... enseguida vuelvo, ¿sí? Voy a llevar a Solange a refrescarse un poquito. Cuando vuelva quiero grabar "Soldado del rocanrol". Son tres acordes, pero me parece que el estribillo tiene que tener muy, muy bajito el sonido de una gallina clueca de Chascomús reaccionando negativamente a un gol del Chanchi Estévez. ¿Puede ser?
P: Carlos, por favor an...
CA: VAYANSÉ LOS DOS A HACER LA PLANCHA EN UN CONTAINER DE ESCROTOS MANGA DE IMPEDIDOS CEREBRALES RENUNCIO
AR: Yo con este energúmeno que se enoja por nada no puedo trabajar. Hasta acá llego por hoy. Vuelvo cuando se dé el clima necesario.

Autor: Diego Mancusi
No importa lo que diga el estereotipo: como todo buen soldado de la contracultura, el rockstar aborrece la fama desde lo más profundo de su ser. De ahí que se deje los lentes negros a las cuatro de la mañana en un medio de cachengue en el VIP de Pachá, se ponga un tapado de leopardo sobre una camisa de pana bordó y unos pantalones estampados con la cara de Jake el Perro y ande en limusina fucsia metalizada: lo suyo sólo es una forma de propagar (usando su propio cuerpo como cartelera) su lucha contra la dictadura del clasicismo estético que asociamos con lo masivo, con lo tradicional, con lo famoso. Claro que ante el ojo no entrenado esa actitud puede aparecer como lo que se conoce con el nombre de "careteada para figurar" o lisa y llana pelotudez, pero no. En realidad es algo mucho más profundo: una protesta, una patada desde la imagen a esos mismos códigos que pretenden erigirlo como ícono social metiéndolo en la picadora de carne de la masividad. Después, si coincide que Ona Sáez hace una remera que sale 150 dólares y justo le sirve para encarar esta revolución... bueno, tampoco lo podemos culpar por eso. Como bien dijo alguna vez el poeta: "Ona Sáez no me usa: yo estoy usando Ona Sáez".
De todas formas, como sucede habitualmente con el rockstarismo, se da una lógica perversa y paradójica. Porque sí, es cierto que la estrella odia la fama y, al mismo tiempo, llora como nena chiquita si camina 50 metros y no le piden aunque sea una foto o un autógrafo. Sin embargo, lo que tenemos aquí es otro razonamiento que los no iluminados pueden confundir con hipocresía, pero lo que en realidad pasa es que el rockstar siente que si no congrega multitudes babeantes a su paso, este mensaje contracultural que está transmitiendo desde su mismo cuerpo no llegó a destino. Si no le piden una firmita a la salida de un sushi club de Palermo, eso quiere decir que las almas perdidas de este mundo (léase: adolescente con acné, minitas tetonas, boludos gritones y demás parias) no lo están viendo como un referente. Que el rockstar no firme autógrafos quiere decir, a fin de cuentas, que la juventud no elige la rebeldía que él encarna y que la desidia ganó la partida. Es corta la bocha: si el rockstar no es famoso, no hay futuro.
Lo bueno es que más allá de este efecto colateral tan copado para el universo, la fama también sirve para fines más mundanos, como obtener cosas gratis o ponerla desenfrenadamente. Por eso, desde esta humilde bitácora procedemos a ofrecerte una Escalera a la Fama (copyright: de otra gente), una sucesión de pasos que te lleva desde el 1 (o sea: apenas conocidito) al 10 (es decir: el Juan Domingo Perón de los envainadores seriales). A continuación: los diez pasos de la fama rockera argentina.
1) El recuadrito en un medio de rock.
No os confundáis, muchachos: la manera más sencilla de acceder a este primer escalón no tiene nada que ver con el talento, sino con lo pintoresco. "La banda que le compuso un tema al Florencio Randazzo" o "El grupo que tiene un tecladista sin brazos ni piernas" son canales más eficientes para llegar a estas páginas que "La banda que toca temas re lindos".
2) La parasitación de un famosito
Por obra y gracia de tu encargado de prensa cayó Peter Lanzani con un pedo negro al VIP de tu set a las tres de la tarde en el Marolio Rock Festival. Ahí nomás: foto al ladito, y algún que otro autógrafo firmado por ser "el que está al lado de Peter Lanzani".
3) La cortina de la tira costumbrista
No hay confirmación más certera de la rockeridad que grabar un tema cuyo estribillo repita muchas veces el nombre de una novela de Pol-Ka. A partir de allí podrás vender tu CD con una etiqueta que diga "Incluye el tema de...". O sea: win.
4) El cameo
Como contraprestación a haber cedido el 102% de las regalías de la cortina a la productora, negociás una pequeña participación como "Empleado de ferretería #4" o "Tipo que pasa por el fondo cuando se están peleando Luciano Castro y Celeste Cid #8". Como quien no quiere la cosa ya pusiste la jeta en la tele.
5) El escandalete
Te agarraron con cinco gramos de faso, te hiciste caca en el escenario o le pisaste un juanete a Mónica Farro y el novio te surtió. Tu nombre trascendió el gueto rockero y cayó en el verdadero cemento que erige la gran fama: la vieja chusma.
6) La novia conocida
Ya a esta altura estás en condiciones de negociar el intercambio de fluidos con alguna famosita medio pelo, dado que ambos nombres meh se magnificarán por la proximidad. El target de actriz joven pero lesbiana y fumadora de paco va como piña.
7) La nota-foto en Pronto
Un día te abaraja un pasante entusiasta con un fotógrafo y te hacen la típica nota de una página con una foto de cuerpo entero en el VIP de un evento y un título textual del estilo "no me canso de vivir la vida al máximo". Bardo, rocanrol, viejas escandalizadas, tu mamá contenta, todos putos.
8) El informe en Impacto 9
Ya podés decir que la hiciste cuando Jesica Cirio pone su mejor cara de circunstancia y procede a presentar tres minutos de archivo y locución en los que se reflejan todas tus excentricidades. Ya sos famoso, polémico y un boludo peligroso.
9) La tapa de Paparazzi
El acabose de la celebridad rockera no es la portada de Rolling Stone, sino la del prestigioso pasquín de Rial y Ventura. Aparecer una vez en tapa, aunque sea todo vomitado a la salida de una clínica de rehablitación, te garantiza rebote mediático de acá al día del juicio.
10) El living de Susana Giménez
Reservado a una exclusivísima elite de rockstars, responder los cuestionarios que alguien le escribe a la diva es el colmo de la fama. Puntos extra si le hacés creer que compusiste un tema para ella como el Carpo. A partir de ahí, olvidate: no volvés a pagar un taxi en tu vida, y la calidad de lo que compongas, grabes y cantes para a ser completamente irrelevante. Es decir: repercusión extrema, dinero y casi nada de trabajo. La misión está cumplida.

Autor: Diego Mancusi
Así es, amigos: vuelve esta sección que tantas satisfacciones nos dio, especialmente a los que se ganaron discos y a mí, que gracias a ella puedo parar la moto un día antes del fin de semana y hacer cosas trascendentes como jugar al Candy Crush o perseguir un perro con la cola peluda. La diferencia más grande es que los premios que antes regalábamos empalidecen al lado del que tenemos para hoy: nada más y nada menos que la inconmensurable satisfacción de participar. Cojonudo, ¿verdad?
Sí, bueno, pasa que por un lado hay superposición de tareas y agenda apretada (quizás no se note, pero ésto lo estoy escribiendo en una conocida hamburguesería de Barrio Norte, con unos gemelitos de unos siete años en plan MAMI MAMI MAMI HOLA MAMI MIRÁ MIRÁ MAMI a no menos de un metro y medio) y por otro se me terminaron los discos copantes para regalarles. Así que, teniendo en cuenta que sólo nos queda éste y otro viernes (y uno más, pero ese está reservado para la despedida), les pido que se copen y dejen correr libremente su espíritu lúdico. De última, tengo un CD de Doki y sus Amigos, si lo quieren me chiflan.
Por las dudas de que haya alguno nuevo, la cosa es simple: yo les dejo una foto y una descripción y ustedes le ponen nombre a la banda en base a esa conjunción visual (?). El ganador, en el caso de hoy, se lleva un agradecimiento re grosso y la alegría del deber cumplido. Y la sonrisa de un niño, que es lo mejor que hay, según Peter Griffin.
Hechas las aclaraciones del caso, procedo a transcribirles el mail enviado a mi persona por la agrupación en cuestión, no sin antes desearles un excelente fin de semana.
Mancu querido, cómo estás. Mi nombre es Raúl Ricardo y en la foto soy el bultero con cara de dormido de la izquierda. Con mis compañeros del taller de alineación y balanceo se nos ocurrió que hacer una banda podía ayudar a resolver nuestros problemas de socialización, así que nos juntamos, nos lookeamos un toque y compusimos una ópera rock en tres actos llamada Embarrada y Sucia. El tema es que todavía seguimos sin nombre y mucho más no podemos seguir, porque la gente que nos putea se queda a mitad de camino, onda "qué lacras infectas que son los de...uh, no sé", y no nos parece. Así que recurro a vos y tus lectores para que nos bauticen en forma 100 por ciento amateur y sin exigir retribución a cambio. Gracias, un besito.

Autor: Diego Mancusi
"La desobediencia, en los ojos de cualquiera que haya leído la historia, es la virtud original del hombre. Es a través de la desobediencia que el progreso se ha logrado, a través de la desobediencia y de la rebelión", dijo hace BOCHA de tiempo Oscar Wilde, justo antes de fundar una localidad bonaerense. Y de lo que estaba hablando, sin ningún tipo de dudas, es de dejarse el seso hecho una esponja Patito tomando toneladas métricas de camerusa, el hígado chirlo como licuado de lentejas por picotearlo con vino de caja durante eones y el amigo salpicado de chancros violáceos por culpa de aquella vez en la que la blenorragia se unió a la sífilis y a la gonorrea en un gran Megazord venéreo. Así piensa un rockstar que se precia de tal: hacerse moco a uno mismo con cosas que se pueden conseguir caminando dos cuadras es un claro símbolo de rebeldía contra el sistema. No hay nada que ponga más en jaque al establishment que un zanguango de cuarenta años reventando de cirrosis.
Caso paradigmático de esta lucha armada a través del descajete es el benemérito Sid Vicious, quien hizo de este mundo un lugar mejor de a una sobredosis por vez. Incapaz de componer una canción, despreciado musicalmente hasta por sus propios compañeros de banda, yonqui, asesino e inútil, Sid igual perdurará por siempre en el corazón de millones de punkies y en la parte del pecho de millones de remeras de Ona Sáez por su inconmensurable actitud rockera, que en las fotos daba re copada. ¿Ven cómo viene la mano?
La defensa del encono del rockstar contra la salud suele cimentarse en el pretexto de que una vez que se rehabilitan graban unos discos mierdosos que hablan del sol, la luz y la mar en rollers, o bien siguen tocando los grandes éxitos en vivo hasta que se embarulla el MP3 del playback o los mofletes se hipertrofian tanto que terminan tapando el micrófono. Lo cual tiene total y completa lógica, porque todos sabemos que un rockstar rehabilitado se pone así de zombie, no por todos esos años dándole murra al páncreas, sino por las probadas propiedades pelotudizantes de la papilla y el agua mineral que se ve obligado a consumir por ello. Ese es el proceso a realizar: autodemolernos durante años y luego putear porque nos enchufan de prepo esas sustancias adormilantes. Si Hendrix y Morrison y tantos otros fueron lo que fueron y después reventaron como sapos, no cabe duda de que el talento es un efecto colateral de la autodestrucción, por lo cual no queda otra más que cumplir con nuestro destino.
De todas formas, existe un aliciente que no muchos tienen en cuenta. Más de una vez los mortales no-rockstars nos hemos preguntado cómo diantres hacen los tipos para no pasarse la vida vomitando sangre con todo lo que se meten, si después uno va y toma medio fernet de más y al otro día termina pidiendo que lo cremen y esparzan las cenizas sobre la barra de ese bar hijo de puta. Lo que estamos descuidando aquí es toda la autodestrucción secundaria a la que el rockstar no está expuesto y el no-rockstar sí. Es decir: la estrella podrá pasarse la noche posterior a un show encanutándose media Colombia, pero después alguien lo mete en la camuchi y allí se queda tres días haciendo noni, si le pinta. En cambio nosotros venimos de pasarnos diez horas adelante de una pantalla que dispara radiaciones claramente cancerígenas, nos tomamos un bondi hasta los pechos para llegar al bar, nos disparamos la presión arterial a 150 porque el tráfico va a paso de Stephen Hawking por un piquete en el Bajo, nos envenenamos porque ahora el fernet sale 40 mangos, nos la damos de frente contra el alcoholismo, nos recalentamos porque tenemos que gastar medio sueldo en un taxi para aterrizar en casa todos fantasmagóricos, nos dormimos como podemos y al otro día nos tenemos que poner pitucos y salir a mulear otra vez haciendo jueguito con las ojeras. Es así nomás: el rockstar quizás se la pone más duro que uno, pero después descansa y no se expone a factor estresante alguno. Así que, en definitiva, sale empatado.
De modo que el consejo ya está dado: construir dos, tres, muchos apocalipsis hepático-cerebrales, que si no la podemos pegar por capacidad, al menos nos queda el salvavidas de la actitud. Lo dijo William Blake: "el camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría". Y también lo dijo, en un idioma bastante menos fifí, Toti de Jóvenes Pordioseros: "Yo quiero veneno, yo quiero veneno, quiero veneno, no puedo parar, no puedo parar".

Autor: Diego Mancusi
Teniendo en cuenta que las dos bandas más convocantes de la historia del rock nacional tienen nombre de buñuelo y agua gasificada, no debería ser un problema demasiado preocupante el de bautizar a un nuevo grupo. Sin embargo, en años como éstos, en los que la mercadotecnia interviene hasta en las vomitadas dialécticas en 140 caracteres de los que salieron novenos en Gran Hermano, no debemos descuidar este factor tan útil para captar la atención de los fans en forma inmediata. No olvidemos: cuanto más siome es el receptor, más importa la primera impresión. Y nosotros, como rockstars, al siome lo necesitamos. Mucho.
Como varias veces dijimos antes, el estrellato no es cuestión de esfuerzo ni de talento, sino de ubicación. Huelga decir cuan contraproducente resultará si, por ejemplo, lo tuyo es el metal y nombrás a tu banda Gatito Rosa, Oso Carmesí o Ra... bueno, ya se entendió. Lo mismo si con tu noise-tecno-pop abrillantado le apuntás exclusivamente a un grupo social conformado por los pibes que vivían a tres cuadras a la redonda de María Marta García Belsunce en el country: ponerle Eyaculación Fecal a tu banda no te provocará más que un sinfín de talonarios de entradas intactos acumulados en tus cajones. Por eso, considerando fundamental la vinculación entre el género y el nombre, sugerimos a continuación algunas opciones para que vos, pequeño saltamontes del rockstarismo, puedas bautizar a tu grupo de la manera más redituable y no te veas obligado a escapar como laucha por tirante entre una lluvia de borceguíes tierra-culo en un cantobar oscuro de Sarandí. A saber.
Indie: en el ambiente de la música independiente pero solventada indirectamente por extensiones de American Express la idea es desorientar. Para eso puede servir recurrir a vocablos en alemán o francés, como Tiroirs o Hausapotheke, que en realidad quieren decir cajonera y botiquín respectivamente, pero viste qué power que suenan. También se puede ir full retard y tirar un Plukj o un Trastpenerder, que no quieren decir nada de frente march y para qué más goma si así está bien. Otra variante no desorientadora es la aniñada: aquí sí sale como piña lo de ponerle El Ratón que Cortaba Margaritas a cuatro boludos sudorosos de 103 kilos. Y si no, siempre está la opción del adjetivo seguido del sustantivo alocado, como por ejemplo Desmayantes Trapecios, Insostenibles Mandalas o alguna gilada por el estilo.
Reggae: las variantes para denominar grupos del género jamaiquino son tres. Por un lado tenemos la combativa, útil para sugerirle al sector del público ávido de rebeldía discursiva que somos algo más que zanguangos panchos bajoneando con Guaymallén de fruta: Lucha Rural podría ser un buen ejemplo. Por otra parte están la africanista: Wahili, Tumbatunbobo o cualquier cosa que suene a avenida principal de algún pueblito de mierda de Burundí (y ojo con Burundí, que creo que no está tomado) va a andar bien. Y por último la explícita fumona, con cosas tipo Cogollos Cósmicos o Hipercannabis (tratá de no irte de mambo con lo explícito como los muchachos de Chala Rasta, que es como ponerle a una banda de rock cristiano Ostia Cura).
Funk: no hagas funk, no sos negro. Ubicate.
Punk: con el punk sucede algo pintoresco. Así como en el indie teníamos un nombre con un adjetivo y un sustantivo, si invertimos el orden mágicamente bautizaremos un grupo punkie. Si a eso le sumamos un poco de escatología: vualá, estamos para grabar Invasión 2012. Terremoto Mortal, Perdición Nefasta o Vómito Doliente nos va a convertir en LA alma de la fiesta de los escupitajos. Y hacemos un breve addendum hardcore, porque se parecen: en ese subgénero sale mucho el acrónimo. Así fue como en los 90 nos enteramos que detrás de nombres como P.A.S.T.A.F.R.O.L.A? había mensajes ocultos como Perdidos Animales Salieron Todos A Felicitar Ranas O Las Apoyaron?
Rap: si bien el consejo más lógico sería similar al del funk, procedemos a decir que abarajando un mazo de figurita de Star Wars y juntando lo que salga de ahí con nombres que chorees de una entrada de algo oriental en Wikipedia tenés para robar para rato. Con Shogun Boba Fett, Jar Jar Suruga o Samurai Tatooine podrás ser un destacado MC de algún Bronx local.
Barrial/rolinga: el artículo "la" es la base del género del jardinero y las topper. Si tenés dudas, pensá en tu grupo de amigas: La Gorda, La Tetona, La Fumona, La Roñosa, y así hasta bautizarte una escena entera. La variante hard, más rutera, es la que recurre a partes de autos: si el volante de la fecha se puede confundir con el presupuesto del mecánico, vas fenómeno (ejemplo: "mañana tocan Falso Chasis, Diferencial y Tren Delantero en Lo de Carlitos, en Glew").

Autor: Diego Mancusi
Un artista responsable no puede desconocer (ni dejar de tuitear) que los medios masivos de comunicación son una demoníaca maquinaria corporativa que usa a los creadores, los exprime, les roba el alma y los descarta sin miramientos cuando ya no le resultan útiles para sus aciagos fines. No obstante, que las fotos les salgan tan lindas y que las chichis reaccionen tan copadamente a un "¿viste la nota que me hicieron en la última Rolling Stone?" son un poderosísimo aliciente para ceder en nuestras convicciones y aceptar momentáneamente las reglas que plantea el enemigo, aunque por suerte siempre nos queda el arma de contestar con el dinamismo de un rastafari recién levantado de la siesta para simular que tenemos cosas más profundas que hacer. Ahí es donde hace su aparición un oficio poco conocido por el público en general, pero muy relevante para el ambiente rockstaril: el encargado de prensa.
Este noble obrero de los medios tendrá por finalidad establecer un puente entre un drogadicto que se olvida de las notas porque -por ejemplo- cree le pica un riñón y un malévolo cagatintas que por puro placer lo hará quedar como un funcionario macrista aunque hable como Winston Churchill. Básicamente su tarea consiste en pulverizarle los quimbos a los editores para lograr aunque sea un recuadrito tamaño carnet, sólo para que después el músico de marras llegue tarde a la entrevista, se equivoque de bar o responda con palabras que ni los borrachos garantistas de la Real Academia Española aceptan, como "muh" o "dah".
Si te tenemos que dar un consejo respecto de los encargados de prensa, lo primero que te decimos es que bajo ningún punto de vista, en ninguna circunstancia y por ningún motivo les digas "prenseros": es como tratar de "portero" al encargado, sólo que éste cuánto mucho te dejará sin barrer el palier mientras que el otro manda tres mails y en quince días estás tocando para ocho borrachos desdentados en un pool de José C. Paz.
Los encargados de prensa se dividen según nivel de convicción respecto de la mercancía a vender, o sea los músicos. Mientras que por un lado están los ateos, capaces de guiñarte un ojo mientras te piden por favor que les metas en un rinconcito ínfimo de la revista una micronota con la brillante agrupación La Renegrida, por otro están los conversos, que ponderan tantas veces a La Renegrida que terminan convenciéndose y predicando que son reencarnación de la Jimi Hendrix Experience, mejorada y mejor peinada.
El arma secreta del prensa es la gacetilla, texto proto-publicitario y bastante mágico que sirve para transformar al zanguango que te tocó promover en algo presentable para la civilización. Para ello tienen una serie de trucos literarios que vos, en tu rol de rockstar interesado en perpetuar la mentira que te garantiza la Sagradísima Trinidad de mandanga, tarasca y fellatios, deberás hacer cumplir. Por eso, para que sepas de qué se tratan, pasamos a enumerártelos y hacer un contrapunto con lo que realmente significan. A saber.
GACETILLA: "cultores de un rock moderno y descontracturado"
REALIDAD: suenan como algo que descartó Melero en el 85 pero con un montón de purpurina.
G: "fueron teloneros de Deep Purple"
R: tocaron en el Plenitud Rock Festival a las 3 de la tarde de un martes ante sus respectivas madres. Encabezando el line up estaba, como no, Deep Purple.
G: "reconocido artista de culto..."
R: tiene la taquilla trabada en 50 entradas, de ahí no lo movés ni a barretazos.
G: "el esperado regreso, tras una temporada alejado de los estudios..."
R: se cansó de laburar de fletero.
G: "su propuesta de rock crudo, visceral, de raíces bluseras"
R: rocanrol lumpen que habla de falopa, culos y falopa sobre culos.
G: "viene Cadorna a la Argentina en diciembre de 2013, pero la preventa exclusiva arranca mañana..."
R: si no nos aseguramos de vender todo ya mismo lo pasamos a un lugar más chico, o lo cancelamos por el pavoroso cepo cambiario.
G: "un show íntimo, cálido, para entendidos"
R: con lo que sale un pullman se puede alimentar a todo el sistema escolar del Conurbano Bonaerense, con postre y café incluidos.

Autor: Diego Mancusi
"Una copia más, un músico menos", rezaba hace unos años una campaña publicitaria. Lo cual puede sonar perturbador pero tras un análisis más profundo no lo es tanto, ya que por suerte los pibes pueden elegir el disco que se copian pero no el músico que boletean con él. Imaginate si con cada MP3 que alguien se bajara viniera adosada la posibilidad de liquidar a un rockstar: a esta altura del rolinguismo, el nü metal, el folk jipivintash y un par de géneros más no quedarían más que los huesitos.
La defensa incondicional de un músico a su discográfica es lo más parecido al Síndrome de Estocolmo que ofrece el rock universal. Hay que tener una estructura mental muy específica para salir con los tapones de punta a bancar al que te da 0,08 centavos por disco vendido y te ordena ir a promocionarlo al programa de Dallys Ferreyra, pero no escasean los que incursionan en tales tareas. De alguna manera, ser parte del plantel de una compañía discográfica multinacional es el cable a tierra del músico: desorientado por el vértigo de la vida libre, bohemia y sin ataduras, su inconsciente necesita algún resquicio de esa sensación de estabilidad y opresión que experimenta cada día el empleado administrativo raso. Por eso, a la hora de elegir bando, ni se duda: uno se pone del lado del que se compra yates con nuestra creatividad, nos pone debajo de Luis Miguel en su lista de prioridades y nos soba el lomo a cambio, y va duro contra el sangriento enemigo, en este caso encarnado por diabólicos manteros que rascan el mango en la Estación Turdera y desalmados purretes que nos taringuean el disco y encima después tienen el descaro de decir en Internet que es buenísimo y gastar su cochino dinero pagando la entrada para ver nuestros shows. Terrible es poco.
El consejo prioritario está dado: luchemos a brazo partido para perpetuar la cálida y confortable sensación de estar contratados, en blanco y con aguinaldo y vacaciones para así lograr que nada interfiera con nuestra decisión de hacer lo que más nos gusta en la vida: tuitear y comportarnos como imbéciles. O sea: la alternativa es la autogestión, que de alguna forma nos permitiría no depender de ninguna decisión corporativa tomada por un cocainómano con barba candado en Miami para llevar adelante nuestras carreras, pero... ¿quién se quiere levantar a las 9 de la mañana para ir a pelearle precio al dueño de la fábrica de cajitas de CDs? Alta paja.
De todas maneras, les ofrecemos aquí un breve diálogo (como siempre: verídico, pero con los nombres cambiados para no herir la sensibilidad de Fito Páez), mediante el cual ilustraremos una típica relación artista - discográfica, a efectos de que sepan qué se les viene y lo cintureen como güorlchampions. A saber.
ALDO ROCKSTAR: Exijo que se haga todo lo que esté a su alcance para evitar que mi obra no se filtre en Internet. Yo no me rompí el lomo grabando en dos días este disco de covers de La 25 en ukelele para que después aparezca taringueado en cuevana. O algo así, no sé mucho de esta cosa nueva de la Internet yo.
EJECUTIVO INESCRUPULOSO: Quedate tranquilo Aldo, yo mismo me aseguré de que, para que no ande circulando antes de tiempo, a los periodistas no les manden una copia sino que tengan que ir un domingo a las 7 de la mañana a una oficina en Longchamps cuya dirección sólo obtendrán a partir de descifrar un código milenario garabateado en un soquete al que accederán si encuentran la casa del Indio Solari por las suyas y se pueden colar al patio trasero sin que el centinela abra fuego.
AR: Creo que será suficiente.
EI: Yo digo que sí. Ahora hay que guardar esta, la única copia que existe por ahora, en la caja fuerte blindada. Cadete, vení por favor. Llevá el disco nuevo de Aldo y dáselo al guardián de la caja fuerte.
CADETE TARINGUERO: Eeeehjejeje.
(Cuatro minutos después)
EI: No me explico cómo, pero el disco ya lo están picando en una FM barrial de Gerli. Quedate tranquilo que les hicimos juicio penal y les mandamos a un sicario a romperles el cráneo, pero igual es un bajón. Cadete, averiguame qué pasó.
CT: Eeeehjejeje.
AR: Bueno, ya está, ya se la mandaron. Decime qué hacemos ahora para evitar que los pibes se lo bajen gratis en vez de comprárselo.
EI: Fácil. Las últimas biblias del marketing musical dicen que para tentar hay que garantizar accesibilidad. Por eso firmamos un convenio con una disquería al costado de la ruta en Trelew que lo va a estar vendiendo en forma exclusiva con un precio sugerido de 178 pesos. Pero también sale en formato digital para abaratar costos, por 177 más IVA.
AR: ¿Y qué onda con Radiohead o Pez, que los suben ellos gratis?
EI: Comunistas. Y necropedófilos, dicen.
AR: Ah, mirá que loco. Igual también leí por ahí, o me contó mi asistente, que hay que ofrecer un plus con cada disco para que la gente quiera gastar plata en algo que puede obtener gratis. ¿O estoy equivocado?
EI: No, tenés toda la razón. Por eso armamos una acción de mercadotecnia directa por la cual a cada ser humano que compre el disco, vos mismo, en persona, le vas a regalar un pin, le vas a dar un abrazo o lo vas a bultear de querusa, depende de lo que el tipo o la mina elija.
AR: No pienso bultear gente para que me compre el disco.
EI: Mirá, ¿ves esto que parece un firulete en el margen del contrato? Ahí dice que si firmás estás de acuerdo con que la compañía establezca acciones de bulteado indiscriminado sin que ello pudiera motivar reclamos, quejas o voces de "eh amigo" de tu parte. Y vos firmaste. Andá a bultear.
AR: Diantres. ¿Puedo usar guantes?
EI: No veo por qué no. Cadete, tomá ocho pesos y andá a comprarle unos guantes de lana al Once a Aldo. Cuando volvés pedile a los de promociones que te den la muestra del nuevo de Metallica recién grabado y me la traés.
CT: Eeeehjejeje.

Autor: Diego Mancusi
La guitarra es el dulce de leche del rock. Así como el autóctono manjar amarronado te convierte una galletita cualunque en un festival para el gusto (que podría llamarse Gustock... y sí, sí, ya me saco a mí mismo para protegerme), vos podés tener un tema de dos acordes que hable de minas, "magia blanca" y autos de TC 2000 y de repente alguien le pone un riff copado arriba y, zas, mágicamente se convierte en un himno del rocanrol visceral descuajeringador de calzones. Y lo mismo pasa con los seres humanos: vos tenés un panqueque pelado, desabrido y sin azúcar (o sea: un pibe meh) y le untás BOCHA de dulce de leche (léase: le chantás una guitarra en la mano) y cuando te querés dar cuenta engendraste un postre irresistiblemente alucinoide (es decir: un sex symbol de misteriosa sexualidad animal). No sé cómo es la tramoya pero funciona así.
Por el sólo hecho de estar un toque más escondido, el guitarrista secunda al cantante en el escalafón del ensarte. Sin embargo, hay dos momentos en los que el maestro Yoda de las seis cuerdas se vuelve insuperable en lo que a fornicación respecta. Uno es cuando alcanza el status de guitar hero en base a performances rimbombantes y cabellos al viento: allí el vocalista queda reducido a la categoría de "tipo al que le pago para que balbucee algo nomás para no hacer música instrumental" (cosa que -como todos sabemos- es una especie de Charles Manson de la lascivia femenina), con lo cual queda relegado ante la vista de la groupie rapidona. Y el otro momento en el que el guitarrista estaciona el fitito rosa con más asiduidad es en el amateurismo, entendido como fogones, reuniones de amigos, fiestas de drogadictos del barrio y demás. Veamos lo que pasa cuando un cantante quiere chapear en una fiesta con su talento.
MINUSA: ¿Vos qué hacés, Aldo?
ALDO: Yo soy cantante en una banda de tecno metal que se llama La Palm Death.
M: Oh, pero como me gustaría verte.
A: Obvio, no hay drama: el sábado te tomás el 597 en el cruce de Varela hasta que unas seis horas después llegás a la estación de Moreno, ahí trepás a una pared usando unas sopapas, caminás dos cuadras, golpeás una puerta negra, decís "Santiago Bal" como contraseña, pagás una entrada de 120 mangos, te gastás otros 120 mangos y ahí vamos a estar tocando y me podés ver.
M: Seguro voy.
De más está decir que la chichi se quedó en su casa mirando El club de los desvelados y el cantante se pasó la noche cogoteando para ver si andaba por ahí, pero no. En cambio, veamos como cambia la cuestión si el muchacho es guitarrista.
MINUSA: ¿Vos qué hacés, Hugo?
HUGO: Yo toco la guitarra.
M: Oh, pero como me gustaría verte.
H: Obvio, no hay drama. Mirá, alcanzame esa criolla sin una cuerda a la que le vomitaron encima. Perdoname que desafine un poco pero yo no soy cantante, ¿si? Ahí va: chingui chingui... YO VIVÍA EN EL BOSQUE MUY CONTEEENTO...
M: soy un arroyo irrefrenable de jugo de mujer.
De modo que, establecido el escenario, no queda más que ofrecerle a los muchachos que rasguean pero tienen intenciones de convertirse en unos rockstars bien del palo dos consejillos harto útiles.
1) La película Casi famosos delimitó explícitamente los roles: el frontman histriónico y el guitarrista con mística. ¿Y cuál es la clave para conservar la mística? No hablar, porque donde hablás se dan cuenta de que tenés la habilidad discursiva de una alpargata y tu misterio se va a la goma. Aprovechá que al cantante seguro le cabe boquear hasta caer desmayado cada vez que le ponen un grabador adelante y vos limitate a las respuestas técnicas o soltá alguna pelotudez medio new age cada tanto. Es infalible.
2) Decile NO al virtuosismo. Primero que nada, porque para ser virtuoso hay que practicar un montón, y el chiste de ser rockstar es esforzarse nomás para alcanzar la Blackberry que está en la mesita de luz y tuitear que estás trabajando durísimo. Y segundo y principal: porque te vas a pasar la vida perfeccionándote y lo único que vas a lograr es que se te llenen los shows de ñoños antisociales que te van a mirar los dedos con expresión autista y van a decir "oh, qué chorro, en el cuarto compás lechuceó un slide de pentatónica de séptima aumentada que una vez en el 78 lo hizo Robert Fripp". Eso -ni hace falta que te lo digamos- sólo redundará en un total y absoluto éxodo vaginal, cosa que suele dificultar el coito si uno es hombre y heterosexual.

Autor: Diego Mancusi
No es nuestra intención refutar desde las páginas de esta humilde bitácora rockera una teoría científica tan discutida en los círculos más elevados del ambiente académico. No obstante, está claro que acá hay un punto, porque si es cierto lo que decía Darwin sobre la selección natural y el descarte evolutivo de todo lo que no es útil para la especie, explicame vos cómo puede ser que las estrellas de rock todavía sigan siendo fértiles. Decime, POR EL AMOR DE ALÁ, por qué CORNO los bichos de un infrasalame con síndrome de Peter Pan en calzas de leopardo no se vuelven de telgopor con el paso de los años, sabiendo que su reproducción no puede traer sino cosas horribles. Naturaleza: te bancamos, pero en esta marchaste.
Para el rockstar promedio, un pibe es una venérea que hace caca. La única diferencia entre los bebés de las estrellas y las estrellas mismas es que el purrete no se quiere voltear a sus niñeras: en las demás cosas de la vida son más o menos pares. La lógica indicaría que un espíritu libre como el rockstar no querría atarse a la responsabilidad de tener descendencia, y sin embargo ahí los tenés, engendrando a lo pavote como si el nene fuera el diploma de la academia de zánganos. Ya que estamos disparando máximas, reformulemos la Ley de Murphy y dejemos expresado que todo lo que el rockstar pueda hacer para complicarse la vida a sí mismo, no sólo lo hará, sino que también le sacará una foto y la subirá a Twitter.
El consejo para el pichón de David Lee Roth es simple y sencillo, y se traslada a toda la humanidad: entrale como el Chavo a la torta de jamón a todo lo que te guiñe un ojo si querés, pero enfundá primero. No obstante, la ingenuidad la perdimos hace rato y sabemos que si ven un fueguito van a ir corriendo a meter la mano, con lo cual nos saltamos un paso y nos disponemos a ofrecerles modelos de paternidad, a efectos de que elijan uno, se aboquen a él y sepan cómo moverse en ella dentro de un marco teórico (?).
Existen cuatro categorías de padres rockstars. A saber.
1) Negador: sembrador compulsivo de bastardos y eximio jugador de ruleta rusa sexual (así como inseminó una modelito se podría haber pegado una mutación de un virus escapado de un laboratorio lituano), no te reconoce un pibe ni aunque la jeta del mismo parezca un scan de la suya, y si el ADN le sale 99,99% positivo pide contraprueba y recuento de votos. La principal desventaja de esta clase de paternidad es que el purrete se puede calentar y salir a hablar de vos en lo de Rial, generalmente diciendo que no quiere tarasca sino afecto (cosa que es mentira: acordate que el ñatito tiene tus genes). La ventaja: si te sale bien te podés gastar la manutención en papa.
2) Ausente: este padre rockstar honra su simiente y acepta que el pequeño es suyo, mas no le da tres de pelota en toda su existencia. En los cumpleaños le pide al manager que le mande por encomienda un muñequito de Ben 10 aunque el pibe tenga 26 años y sea el guitarrista de Prostitute Disfigurement. La desventaja, lógicamente, es económica, pero la ventaja es grande: el niñato es un eficiente banco de órganos para el día en el que los riñones y el hígado se te hagan paté.
3) Compinche: este padre estrella gusta de competir con su hijo para ver quién es más zanguango, superándolo en numerosas oportunidades aunque el contrincante tenga ocho meses y no sepa hacer otra cosa que meterse la mano entera en la boca, defecar y babear. Los niños de estas estrellas, o la liman hardcore, o bien se vuelven responsables a niveles Premio Nobel de la Paz, teniendo en cuenta que más de una vez han encontrado a sus progenitores vomitando para arriba en el palier y lo han tenido que higienizar, acostar y resucitar al día siguiente. Un buen ejemplo de pareja de padre-hijo de estas características sería Pappo y El Hijo de Pappo.
4) Pasado de afecto: la paternidad excesivamente amorosa y apegada es otro epílogo de la carrera rockstariana, como vivir a papilla porque te estalló el páncreas o grabar discos de mierda. Culposo por haberse perdido sus primeros ocho cumpleaños por quedarse jugando al strip-Juego de la Oca con una prima de Flavia Miller, el músico lo intentará compensar volviéndose una bola incandescente de cursilería floripondia. Como resultado, el niño repudiará su herencia y se volverá asesino serial necropedófilo o concejal justicialista en La Matanza.

Autor: Diego Mancusi
Hace mucho, mucho tiempo, incluso antes de aquellos lejanos años en los que Madonna estaba buena, el mundo estaba habitado por BOCHA de cavernícolas peludos que, incluso en de su precariedad, ya conocían las bondades de la música. De esta manera eran felices: uno chocaba un hueso de mamut contra otro, otro hacía palmas, un tercero usaba la sesera de su señora como bombo legüero y así se armaban unas zapadas con birra y bardo hasta las cinco, seis de la matina como si nada. Pero había uno que no la pasaba nada bien, uno que miraba todo desde lejos y era ignorado por las masas porque no sabía tocar nada. Hasta que un día tragó saliva, juntó coraje y se mandó: mientras sus amigos hacían uno de esos temas larguísimos con huesos, palmas y cráneo de esposa de cavernícola, éste se metió en el medio y vociferó fuerte y claro "uga". Inmediatamente todos lo miraron fijo, como diciendo "eh amigo, ¿qué hacemos, papi?". Pero el Neanderthal sin talento musical no se amedrentó: le hizo una seña a los demás para que siguieran tocando y él se mando arriba a gritar "uga, uuuuuga" hasta que finalmente lo aceptaron. Después resultó que las minas quedaron re zanguangas y les tiraban a él los calzones de pelo de mono en vez de a los otros, por lo cual se las terminó morfando a todas e incluso lo llegaron a comparar con Perón. Pero eso es otro tema: lo que importa acá es que de esa manera se incorporaron las letras a la música.
Lo que debe guiarte, querido padawan de rockstar, a la hora de escribir una letra, es el optimismo. Así como siempre hay un roto para un descosido y la basura de un hombre es el tesoro de otro, nunca faltará algún drogadicto que pague fortunas para escucharte cantar lo primero que te vino a la cabeza. No lo olvides: no existen las letras malas, existe el público equivocado.
Teniendo en cuenta esto, lo único que resta es ubicarse: no van a quedar bien unos versos que hablen de tomar falopa y reventar un chino en una banda de rock progresivo, no van a ser aceptadas gratamente unas líneas que traten de la vida sencilla y en familia en una canción de punk skinhead y no va a funcionar una letra que diga "¡uhh...! debo saber si en verdad, en algún lado estás, solo el amor que tu me das me ayudará" en una banda de heavy metal. Es tan obvio que da no sé qué aclararlo.
Habiendo incorporado el optimismo y el sentido de la ubicación, lo único que queda es dejar plasmar nuestros pensamientos en un papel, de acuerdo al principio que -como dijimos mil veces- siempre debe guiar al rockstar en ciernes: el tipo de mina que se quiere levantar. Siempre se dice que la estrella junta "rock", "nena" y algo de la cerveza y ya está, pero este es un reduccionismo pernicioso: el chabonismo no tiene ni por asomo el monopolio de la fruteada. Lo único que importa acá es la reacción vaginal que uno quiera desatar, y volar, volar, volar.
Vamos con un diálogo a modo de ejemplo de lo que cantaría un rockstar barrial y cómo actuaría su público femenino.
ROCKSTAR: "... llevo el rock en en la sangre, escabio y me vomito y me limpio en tu chabomba con palomas..."
FAN 1: cuanta crudeza.
FAN 2: me lo empernaría contra una mesada hasta dejarlo cuadripléjico.
Pero, como manifestábamos anteriormente, no es esta la única manera que tenés para sacarte de encima rápido la cuestión lírica. También te podés poner en exquisito, probablemente asistido por otro tipo de drogas. Este sería un ejemplo de acción - reacción.
ROCKSTAR: "... y la luz, responso del zodíaco, se trepa entre el solsticio de la luna para desprestigiar el sublime ensamble del otoño..."
FAN 1: no rima eso.
FAN 2: callate, pelotuda.
FAN 3: lo dejaría hacerme un suave y tierno amor hasta el alba.
Un recurso habitual y para nada despreciable cuando no se nos ocurre una goma es recurrir al inglés, idioma en el que por algún motivo cualquier pelotudez suena a Bertolt Brecht. Pará la moto y calá.
ROCKSTAR: "... sacrifice and rock n´ roll, and these kids want to move, tonight, baby, you'll be able to have it..."
FAN 1: me la voló.
FAN 2: me lo empernaría contra una mesada, pero en Manchester.
Por último, las letras contestatarias son sumamente sencillas: sólo debemos componer con el diario abierto e intercalar viejos eslóganes. Esto nos garantizará un marcado éxito en el rubro "jipas de sociales", que nos verá como cheguevaras con guitarra eléctrica extremadamente fornicables. El ejemplo, aquí.
ROCKSTAR: "... mataron a un obrero en Boulogne, la patria socialista, la pobreza sigue en el 25%, revolución y lucha de clases..."
FAN 1: está cambiando al mundo.
FAN 2: me afeitaría un sobaco si me lo pide.

Autor: Diego Mancusi
Rápido: decime una banda de rock nacional con cantante mujer que la haya pegado grosso (y con "pegado grosso" me estoy refiriendo a amontonar tarasca, dejar de comer en Ugi’s, llenar los lugares que llenaba la Bersuit; no pavadas inútiles como hacer buenos discos o tener el reconocimiento de la prensa) en los últimos veinte, treinta años. ¿Man Ray querés? Bueno, dale, es un poco forzado pero te la doy. Dame otro ejemplo. No, ¿no?
Alcanzar el ansiado nirvana del rockstarismo es doble o triplemente complicado si naciste hembra: la hermética cofradía del pene rockero les reserva como premio consuelo el popstarismo, parecido al otro pero más efímero, familiar e invitable al programa de Susana Giménez. De movida, la doble lógica esteticista es beneficiosa para el caballero pero nociva para la dama. Si hombre es feo, es reo y callejero, y si es lindo es churro y papurri: win win. En tanto, si la mujer es fulera da torta peluda y nadie le saca una foto ni a los premios, y si es linda le hacen producciones hot pero es muy chuchi para el rocanrol. O sea, la paradoja bartiana: malo si lo haces, malo si no lo haces.
Algo muy peculiar que se da con las féminas es que revierten el escalafón de ensarte de las bandas masculinas: las cantantes y guitarristas suelen frotarse contra fans mucho menos que las bajistas y bateristas, dado que las primeras intimidan por su protagonismo y las segundas manijean por su más tolerable segundo plano.
Para arañar el rockstarismo la mujer deberá abarajar todo tipo de embates y luchar contra diferentes elementos contrarios. Los cinco más comunes son los siguientes.
1) Compañeros de banda: si bien no ocurre en el cien por ciento de las agrupaciones rockeras, el ingreso de una fémina al seno de la banda puede vivirse más o menos con el de DJ Memo al pabellón de Devoto. Y si la señorita decide ceder sus encantos a alguno de sus socios, no tardarán en llegar las acusaciones de favoritismo, los celos, los puteríos surtidos y demás.
2) El sacado que grita "mostrá las tetas": la chica podrá estar entonando una sentida balada acústica sobre cómo perdió a su padre en la guerra de Vietnam a manos de una horrible bacteria comecarne, que igual va a haber un borracho maloliente pegado a la valla vociferando su intención de verle las mamas. Poco serio.
3) Vestuaristas / estilistas: llamativas por el solo hecho de ser agradables a la vista en un mundillo repleto de esperpentos rebosantes de vello facial, serán una mannnteca para productores de moda deseosos de vender sus marcas con un rock style con sauvage y punch. Las ofertas llegarán y se puede aprovechar el ingreso, pero aceptarlas sólo incrementará la presencia en los shows de la fauna descripta en el punto 2.
4) Groupies: a diferencia de las mujeres, que se ponen un tachito en la cabeza a la entrada de un camarín y chau pinela, los groupies varones trabajan de maneras misteriosas. Léase: con mails posteriores al show, elogiando la "mística" de la cantante. O si no en modo "artista", comentándole de pasada a la cantautora que tienen un estudio de fotografía o cuestión banana similar, con el objeto de tantear primero antes de arrimar el bochín. Lo único que reciben de frente march son invitaciones al tijeretismo.
5) Estereotipos: la "chica con pelotas", la lolita, la loquita colorida palermitana... mientras la señorita guste de meterse en las cajitas esperables, el camino se le allanará. Pero si por algún motivo demuestra personalidad y se escabulle cuando le vamos a pegar la etiqueta... bueno, todo no se puede, viste.
Y si después de todo esto todavía quedan dudas de lo que hay que hacer y lo que no para portar una vulva y ser rockstar al mismo tiempo, he aquí un cuadrito sinóptico en el que demostramos prácticamente cómo la sociedad juzga de manera diferente los mismos rasgos en un hombre y en una mujer. La conclusión que sacamos, finalmente, es que por 7 tantos contra 3 es bastante más copado ser hombre. A saber.

Autor: Diego Mancusi
Aunque si lo pensás un poquito ser satanista es más o menos como ser más fan de Lex Luthor que de Superman, resulta que por algún extraño motivo garpa un montón a la hora de construirnos una imagen de outsiders, cosa que a la larga es muy útil para obtener BOCHA de beneficios muy insiders como mucha plata, muchas minas y mucha camerusa.
El satanismo en el universo rockstar está fuertemente ligado a una cuestión estilística. Es habitual encontrar bandas de metal que se ofrendan a sí mismas a Belcebú, mas si uno hace tecnopop lo que sale mucho es venerar a Madonna y no al demonio, con lo cual bailotear bañado en purpurina y todo vestido de fucsia y, al mismo tiempo, autodenominarse diabólico estaría quedando medio pelotudo (honrosa excepción sería lo que sucede con Miranda!, cuyos temas pasados al revés no suenan -como podría suponerse- a algo compuesto por Pappo, sino que alabarían a Pazuzu, según la siempre irrefutable fuente "un tipo en la Internet"). Tampoco hay rock barrial satánico, porque sería redundante: todo el mundo sabe que el rock barrial es en sí mismo un invento de Satán.
El rockstarismo demoníaco es muy habitual en países como Noruega o Suecia, dado que en aquellas tierras no hay entraderas ni motochorros, y la gente necesita asustarse y/o enojarse con algo. En la Argentina el rock satánico tiene como referente al oscuro grupo Superfrula, considerado diabólico por haber pintado la V y la P en la pared de una iglesia en 1973, acto que les valió quedar con más agujeros que media de croto por iniciativa de un grupo paramilitar que no se copó. La conjunción de herejía y muerte los erigió como máximos exponentes del rock satanista local, aún cuando en realidad Superfrula tocara covers de los Wawancó.
A lo largo de la historia se han visto numerosos pactos entre músicos y entes diabólicos que, a cambio de lanzarlos al estrellato, terminan reclamándoles su alma cuando ya no les son útiles y finalmente condenándolos a una eternidad de sufrimiento. Estos entes se llaman discográficas. Se las nombramos para que sepan que fichar con Satán no es lo más jodido que puede hacer un rockstar. Tengan ojo.
En definitiva, aquí el consejo es uno solo: vos jugale unas fichas a todo lo que se mueva, llámese Lucifer, Jebús, Gauchito Gil, Xenu o Mauricio Macri. Los objetivos ulteriores son: a) parecer malos, oscuros y misteriosos aunque juguemos al golf en Nordelta, a efectos de luchar contra lo establecido de a una viejita chupacirios escandalizada por vez; b) tener un teléfono para marcar si un día no se te ocurre nada, se te vació la heladera y tenés que salir a currar presentando en vivo el disco en vivo que grabaste en la presentación en vivo de tu anterior disco en vivo. Total, disimular es fácil: siempre está la opción de decir que el reordenamiento de tus dichos a través de la edición y la descripción de tu personalidad como la de un satanista por la sola voluntad del entrevistador hacen que no te reconozcas en la entrevista.

Autor: Diego Mancusi